No es posible trascender la naturaleza y la historia para situarse en una subjetividad infinita. Ante un individuo que es sólo historia, la subjetividad existencial kierkegaardiana salta, en la paradoja del pensamiento, a la superación de la Nada por la angustia. La angustia kierkegaardiana de la caída en el pecado y en la incertidumbre de la gracia. El individuo está siempre en la mirada ausente de su trascendencia. Su precariedad de ser en el tiempo de compromiso descubre de su destino. Su angustia es la tijera que corta el tejido de la relación con los Otros y le abisma en la inteligibilidad de las fases en que se concreta la marcha del Espíritu Universal hegeliano. Se entra en la angustia de la responsabilidad y en el compromiso de la historia. Pero el compromiso son los otros y con ellos entra la historia. El hombre actual está siempre en la situación del riesgo de los Otros. La naturaleza finita de su biología, economía y lenguaje le arrojan a la finitud y subjetividad de la responsabilidad. La indiferencia a los demás sería desapego propio de las circunstancias que lo determinan. Quien se desapega es como si se hubiese desprendido de su sociabilidad. Al igual que un resorte que empujase hacia delante, el individuo habrá de decidir o hacer algo para hallarse frente a su compromiso como sujeto inteligible y finito, que define su situación en la mundanidad del conflicto y salvación. Como sujeto, que piensa su existencia, que debe superar su intrascendencia para postularse en la autenticidad de una participación en la comunidad de los fines universales kantianos de la moralidad. Esta situación de sujeto que piensa, pero a la vez, siente la angustia de su soledad y la trascendencia de sus actos, le convierte en alguien que se compromete bien en la historia bien en la mística. Se obliga a comprometer con una situación existencial que lo desborda en sus exigencias de verdad o falseamiento. Si llega a la actividad de la mundanidad, en un deslizamiento de la indiferencia, hará de sus vinculaciones humanas unas ilaciones entre cosas. Se habrá vaciado de su trascendencia en los escondrijos de la astucia mimética de la voluntad de jerarquía. Cumplirá el destino de Otro. Será un sujeto pasivo en la conflictividad de la reacción y afirmación de la arquitectura metafísica del poder. El poder extraño le dará plasticidad al sinsentido de su existencia inauténtica. James Ensor (1860-1949), pintor belga, cuyos retratos ofrecen una visión grotesca de la humanidad, le convirtieron en el principal precursor del sinsentido de la mundanidad del siglo XX. En sus máscaras grotescas, el hombre y la muerte están expresan la angustia existencial del simbolismo medieval de Bosch y de Brueghel el viejo. La ceguedad de la esperanza. La pasión humana en lun doble grotesco de la muerte. Radicalmente el individuo está siempre con Otros, y participa con un ser no libre, que se introduce en las rendijas de la conformidad de lo finito. Cada vez es más insistente y vulgar el mensaje de desunir los dos cabos de la individualidad y la comunidad. El individuo se amodorra en su disimilitud para desagregarse de las circunstancias que lo apremian. El sujeto que atenaza la certidumbre de su no saber y su no hacer. No está trascendido por la comunidad. Se ha dado a una voluntad extraña. Obtiene a cambio la no beligerancia de las jerarquías de poder. Se esconde en el préstamo concedido de la indiferencia. No se haya trabado en el significado de su caída al mundo. El individuo existe para Otro dominante. Para huir de la dualidad del amo y del esclavo, el individuo no puede atarse a su sombra. La relación existencial, del sujeto del siglo XXI, está mediada por la democracia, la técnica y las fuerzas económicas. La historia de una sociedad que se reproduce como dominio lo envuelve en una malla de mediaciones que lo comprometen a definirse en un proyecto irracionalista, político y económico. Al igual que las figuras alegóricas medievales, obsesionadas con la muerte, se acerca a la temporalidad para dejarse particularizar en la propiedad de Otro para un presente inequívocamente ajeno. A los muertos de los pobres de la ciudad de Detroit, los envuelven en un saco de plástico y los dejan expuestos indefinidamene a los servicios del municipio. No tienen dinero para pagar los gastos del entierro. No tienen capacidad para apropiarse del finalismo oscurecedor de la existencia de los familiares. Su herencia del mundo se concreta en la indiferencia. Se señalan a sí mismos en las máscaras equívocas de sus subsidios de desempleo. La peste de la crisis económica arroja a los pobres a las fosas comunes y a la hipocresía de la comunidad. El caballero medieval observaba de reojo a la muerte caminando a su lado. Rezaba con fervor por su salvación. Era un individuo solitario, debatiendo la duración de su existencia ante el azar. La coeternidad del caballero con la estrategia de los jugadores de una partida de ajedrez. Todo individuo se adhiere a las fabulaciones de la vida como acertijo. En la extrañeza de la coexistencia estampillada está la aventura existencial. Su ser está en el mundo con la nítida experiencia de su dependencia ajena, sea de la Naturaleza o de la historia de las fuerzas dominantes. No cesa de caminar buscando un lugar de descanso a su cansancio. No suele encontrarlo. El individuo actual cada vez más es un viajero ocasional en las terminales de los aeropuertos. Esperan "despegar" ante una situación insostenible. A su alrededor están los sujetos que se amontonan en la ceguedad de un destino coexistente a la incertidumbre económica y emocional. Como Orfeo caminan, por los paisajes de amor y sombras infernales, en los paisajes de las urbes. en los espacios donde sólo habita el olvido. Las dudas pascalianas de la apuesta por la existencia de la felicidad eterna lo encogen en un sueño desvelado sobre la contingencia de su futuro. Es un ser sin historia. Camina fatigado sin camino. El dolor se simula a la esperanza de la oportunidad ciega, que debe llegar como la lluvia de otoño. El aliento cansino entibia la esperanza. Los maniquíes fascinan por su indiferencia a la mirada del Otro. Les falta la historia de la vida. Dentro de los escenarios-escaparates se detiene la somnolencia de imágenes publicitarias, revestidas de desmemoria. Están ahí, pero no transitarán sobre las huellas de la memoria. Sin pasado la existencia se prende a las luces publicitarias de la ausencia. A pesar de la fatiga, el viajero anda en la soledad de su precariedad en las desventuras migratorias de los desafortunados. La necesidad de la supervivencia empuja y detrás de ella están las cabriolas de Chaplin en Tiempos Modernos. El hombre y la máquina en la angustia de vivir para la caducidad y la obsolescencia. La trayectoria de vivirse alejándose del tiempo presente. Viaje al fin de la historia y de la angustia.En los ojos del buey ha llegado el mediodia.
sábado, 18 de julio de 2009
sábado, 11 de julio de 2009
En los ojos del buey (2)
Hay un cuadro pintado por Pablo Picasso: “El niño enfermo” de 1903,una obra centrada en período azul en París a fines de 1901. El tema del cuadro es el de una madre, casi adolescente, que apoya la parte derecha de su cara en el lado izquierdo de la cabeza de su hijo. El niño, de ojos expresivos, quedamente fijos, abiertos a la necesidad, formalmente fijado a la diagonal derecha de la composición. La mano de la madre protectora, defendiendo del frió al niño, sus dedos grandes lo cubren y a la vez establecen la decisión de una voluntad sumida en la defensa de la vida ante la agresividad exterior. Ambos están envueltos en el ropaje tenso. La mano de la joven madre aprieta el lazo de la toquilla para proteger al niño del frío. La toquilla y la mano envuelven la cabeza del niño, pero descubren vehemente las facciones. En exterior de la pintura, la inhumanidad anónima, que debe pasar por delante, depositando la indiferencia de las miradas extrañas, que los determinan como objetos exteriores. Los ojos de los Otros ajenos, cedidos del infortunio de sus proyectos fracasados, cargados con la sumisión del vasallaje del salario, con la sumisión al azar de la comodidad. Tanto la mirada del niño como de la madre joven se dirigen hacia un espectador delante del lienzo, escondido, que los contempla. No importa quién sea el espectador del cuadro, el cuadro es un espejo que refleja los espectadores que nunca se ven. Somos nosotros.La expresión plástica de una situación ausente. Habrá múltiples asistentes, que se detengan delante del cuadro. Los concurrentes de la historia visual del cuadro, que habrán de estar delante de esta joven madre que protege la vida de su hijo. Al igual que las madres de los etíopes protegiendo la agonía de sus hijos. El público del cuadro es a la vez espejo que refleja la realidad exterior. El visitante ocasional será un testigo de la intemporalidad del cuadro. Los individuos son testigos de su tiempo, sin llegar a penetrar en el significado de su propia autenticidad, ante el peligro de la necesidad ajena que los implica. El presente se engancha mediato a la urgencia del olvido. Seres de instante presente, al igual que animales angustiados que se acercan a la incertidumbre del proyecto humano, enrejado en su pasión momentánea. La mirada de la madre y del niño está en los ojos ciegos de los Otros, que los contemplan como objetos que transitan por un presente habitual. Los espectadores pasan delante de la escena distanciados de la fe. Hay en ellos, una conciencia que esconde la verdad bajo el pretexto de que el infierno está en todos. La mirada del niño se adormecerá con el calor corporal de la madre. Este cuadro de Pablo Picasso expresa plásticamente la precariedad de la supervivencia de la madre y el hijo en una sociedad que avanza a su destrucción. La pandemia del hambre y la enfermedad de la sociedad, que se clava en los seres desprotegidos y aislados. La madre muestra la resistencia de la vida heroica frente a la vida deshumanizada. Los cuadros renacentistas de la Virgen María joven con el niño están preñados de símbolos premonitorios que los fieles conocen. A su saber recóndito, le emociona el acompañamiento de la compasión ante el destino religioso prefijado por la redención. El sufrimiento de la Virgen María es símbolo de salvación para la pasión del espectador. En la maternidad del cuadro de Pablo Picasso no hay ningún simbolismo místico, por cuanto el sufrimiento no es redención posthistórica. Los modelos del cuadro se detienen en las coordenadas del infortunio de la existencia en un presente absoluto. Es un dolor sin posthistoria. Exclusivo sufrimiento incierto, incrustado en el presente que produce relaciones de dominio. La maternidad de Pablo Picasso es la soledad de la certidumbre del ser sumido en la desigualdad del nivel de supervivencia. ¿Qué espera la madre? El milagro de la protección al hijo. Está sola. Su soledad se llena de las posibilidades conjuntivas del compromiso moral de la sociedad. Pablo Picasso comprendió que el compromiso puede quedar en la soledad que devuelve la interioridad de la mirada. La penetración de la verdad histórica no libera a la madre ni al niño de las contingencias de su precariedad y abandono. Aún mueren millones de niños de hambre al día en el mundo. La vida del indigente está en el naufragio de la indiferencia. El cuadro está pintado en 1901 en París. Un momento en el París prebélico, de la sumisión del ser abandonado a la fragilidad de la muerte manipulada. En el envolvimiento protector de la madre al hijo está la totalidad de las condiciones objetivas del exterminio del año 1901 a 1918. El comienzo de un nuevo siglo que emboca la miseria urbana de los abandonados. La certidumbre del presente histórico determina la exterioridad fría de la existencia de la madre y del hijo. Su resistencia al mal se eleva, en las no miradas de los personajes, ante la temporalidad de un nuevo siglo, que trae los presagios del genocidio para los abandonados. La desesperación de los desheredados es el relato testimonial que la salvación no pende de la mirada de los Otros. El cuadro picassiano se abalanza sobre el espectador para exigirle las preguntas a las miradas de la indiferencia. Le pregunta si la sociedad de 1901 será capaz de racionalizar la necesidad de las masas sociales marginadas. Si se debilitará la represión de la fuerza del hambre y de la organización estatal autoritaria. En este comienzo de siglo XX se sabe que la voluntad de poder, de las fuerzas nacionalistas y militarista europeas, llevarán a las poblaciones hambrientas y abandonadas a la Primera Guerra Mundial. Integrarán a las masas de población en la desesperación de la manipulación nacionalista, a la escasez y a la inseguridad de las paranoias de las minorías partidarias de la jerarquía de dominio, que controlan el monopolio del poder del Estado como la fatalidad de la guerra.
“El niño enfermo” de Pablo Picasso es la obra pictórica de un artista que se compromete en la desesperación de la pobreza. El testimonio del cuadro es actual. Aún no se ha encontrado respuesta a la indigencia generalizada. El hambre y la enfermedad integran la continuidad de las masas sociales residuales. Ahora ya se conoce la ausencia del milagro y la ausencia definitiva del ser de la autenticidad por la mirada ajena. La universalidad de la indigencia no se acorta. El respeto por la vida ajena se establece en los esfuerzos de una minoría de absoluta entrega: la muerte y la vida de Ferrer atestiguan la voluntad de un grupo que salta del modelo asiático al modelo de producción científico para las masas de los parias atrapados en la casta. El proyecto de la vida por la producción de las condiciones objetivas no es una fábula obsoleta. No es una mirada, sino una praxis del conocimiento y la solidaridad. La maternidad picassiana es sobrecogedora en su ciega soledad. El cuadro persigue la mirada responsable del espectador. Está buscando el apoyo mutuo de la solidaridad. Lo que define al hombre como hombre es su capacidad de generalizar su humanidad como apoyo mutuo. El ser del hombre está en la solidaridad. Si la solidaridad no es general, no hay solución a la organización exterminativa de los indigentes asalariados o de los abandonados. No la caridad, sino la organización de la producción. El individuo debe estar dentro de la moral kantiana, que toma como fin incondicional la existencia libre y real del Otro. La madre adolescente del cuadro de Picasso sabe que su vida no depende de de ella. No es libre. La pobreza de su hijo la atenaza al imperativo de la mendicidad. Su necesidad es humana, y la situación de la sociedad inhumana. Ella expresa la precisión de las desigualdades provenientes de una sociedad, interpreta al individuo como a una máscara. Esta obra formalmente clásica nos lleva a la revelación del contenido desesperado de la pobreza. El pintor se siente tan conmovido, por esta situación de desamparo, que extrema la formalización de la belleza plástica. La utopía, la pasión de la juventud del pintor, quiere que la sociedad del inicio del siglo XX transite sobre la comprensión de la necesidad y la humanidad. La madre del niño enfermo está sola. La Primera Gran Guerra mundial debió llevárselos del mundo. El cuadro de Picasso los ha dejado en la plasticidad del arte, en la memoria de los cuadros que nos acompañan por las elecciones visuales. Un cuadro de presente inmediato que sitúa los modelos en una continuidad del dolor en la historia. La memoria de la historia trae la grafía de las situaciones pretéritas. El pasado trae la evocación de haber vivido. La memoria cuelga a nuestra espalda. El período azul del Picasso es un extremado compromiso del artista con la elección de los temas de la crueldad. En el cuadro del “Viejo hebreo” de 1903, está la premonición exterminativa de los guetos del siglo XX. Estos cuadros icónicos, que la conciencia guarda de las discontinuidades del amor y el tiempo, hacen del no ser del hombre en un ser que mora en el compromiso de la solidaridad.
“El niño enfermo” de Pablo Picasso es la obra pictórica de un artista que se compromete en la desesperación de la pobreza. El testimonio del cuadro es actual. Aún no se ha encontrado respuesta a la indigencia generalizada. El hambre y la enfermedad integran la continuidad de las masas sociales residuales. Ahora ya se conoce la ausencia del milagro y la ausencia definitiva del ser de la autenticidad por la mirada ajena. La universalidad de la indigencia no se acorta. El respeto por la vida ajena se establece en los esfuerzos de una minoría de absoluta entrega: la muerte y la vida de Ferrer atestiguan la voluntad de un grupo que salta del modelo asiático al modelo de producción científico para las masas de los parias atrapados en la casta. El proyecto de la vida por la producción de las condiciones objetivas no es una fábula obsoleta. No es una mirada, sino una praxis del conocimiento y la solidaridad. La maternidad picassiana es sobrecogedora en su ciega soledad. El cuadro persigue la mirada responsable del espectador. Está buscando el apoyo mutuo de la solidaridad. Lo que define al hombre como hombre es su capacidad de generalizar su humanidad como apoyo mutuo. El ser del hombre está en la solidaridad. Si la solidaridad no es general, no hay solución a la organización exterminativa de los indigentes asalariados o de los abandonados. No la caridad, sino la organización de la producción. El individuo debe estar dentro de la moral kantiana, que toma como fin incondicional la existencia libre y real del Otro. La madre adolescente del cuadro de Picasso sabe que su vida no depende de de ella. No es libre. La pobreza de su hijo la atenaza al imperativo de la mendicidad. Su necesidad es humana, y la situación de la sociedad inhumana. Ella expresa la precisión de las desigualdades provenientes de una sociedad, interpreta al individuo como a una máscara. Esta obra formalmente clásica nos lleva a la revelación del contenido desesperado de la pobreza. El pintor se siente tan conmovido, por esta situación de desamparo, que extrema la formalización de la belleza plástica. La utopía, la pasión de la juventud del pintor, quiere que la sociedad del inicio del siglo XX transite sobre la comprensión de la necesidad y la humanidad. La madre del niño enfermo está sola. La Primera Gran Guerra mundial debió llevárselos del mundo. El cuadro de Picasso los ha dejado en la plasticidad del arte, en la memoria de los cuadros que nos acompañan por las elecciones visuales. Un cuadro de presente inmediato que sitúa los modelos en una continuidad del dolor en la historia. La memoria de la historia trae la grafía de las situaciones pretéritas. El pasado trae la evocación de haber vivido. La memoria cuelga a nuestra espalda. El período azul del Picasso es un extremado compromiso del artista con la elección de los temas de la crueldad. En el cuadro del “Viejo hebreo” de 1903, está la premonición exterminativa de los guetos del siglo XX. Estos cuadros icónicos, que la conciencia guarda de las discontinuidades del amor y el tiempo, hacen del no ser del hombre en un ser que mora en el compromiso de la solidaridad.
sábado, 4 de julio de 2009
En los ojos del buey (1)
El flujo del tiempo va sedimentado el sinsentido de los acontecimientos sociales pretéritos. Para la fenomenología filosófica las cosas tienen que ser separadas de ellas mismas, puestas entre paréntesis para hallar su sentido en construcciones imperativas de la reflexión. Al tiempo de la historia hay que insuflarle una memoria con el fuelle intencional de la conciencia lúcida. Ahora hay un tiempo histórico sin memoria ni culpabilidad. En las reflexiones de Dostoievski se puede hallar el camino infernal del fracaso del albedrío como el origen de todas las perversiones de lo demoniaco. El pensamiento angustiado de Dostoievski es una descripción de la intencionalidad de una conciencia, que sustituye la responsabilidad de los actos del individuo reflexivo por el mal metafísico de un individuo ausente de la mirada de Dios y luego por la relación inerte, de esta ausencia, entre culpa y redención. La reflexión del individuo es el juego inútil de lo demoniaco en un sujeto que al final espera ser redimido de su culpa. Pero la culpa metafísica es la sensación de la nada en una reflexión inútil. No hay memoria en el presente radical de la culpa y la redención. El presente es el instante de la conversión trascendente. En los ojos del buey sólo está el surco que tiene que abrir. Se agobia con un destino a cuyo extremo está la fatiga definitiva. No espera. No tiene futuro. Sólo tira del arado para abrir el surco entre las piedras y la tierra seca. En los ojos del buey no hay ni culpa ni redención. Carece de conciencia para establecer una relación metafísica entre la reflexión, el pecado y la redención. Tira del arado y del hambre del campesino. El tejido entreverado de tiempo pasado no persiste en su presente. La astucia de la desmemoria individual es alcanzar la inutilidad del pasado. En un proceso de cambio el individuo se transforma, se vuelve intensamente anónimo, para carecer de la responsabilidad del pasado. La memoria manifiesta la praxis de habitar y deshabitar en las relaciones sociales como un compromiso de lo humano. El tiempo histórico fluye por las rendijas asfixiantes de los respiraderos del metropolitano en la caída de la Unión soviética. Los niños sacando las manos por ellas para implorar su salvación a la condición humana de la responsabilidad y la culpa. Si la ventana de la historia se abre, ahora entra una luz otoñal. Es una época histórica estancada. Esta luz otoñal se queda en los medicamentos depresivos de la desmemoria. Ella libera de la culpa interiorizada, del acierto o desacierto de conocerse culpable, en el miedo de los espacios infinitos pascalianos. La paradoja pascaliana de hacer del hombre mitad ángel y mitad bestia. Siempre ángel y siempre bestia. Un hombre carente de un porvenir histórico y cargado como el buey del porvenir metafísico de la apuesta sobre la existencia de Dios. Una puesta de salvación ante la Nada. La apuesta es un no y sí, a la vez. La paradoja de todo individuo que calcula su destino en la reflexión de los espacios infinitos de la física cartesiana. La sociedad se deja caer en la desmemoria de sus sentimientos de finitud. Sólo tiene tiempo para sobrevivir en las leyes económicas de la formación de ofertas y demandas, acumulaciones del capital e incrementos de productividad, de la contraposición entre la superproducción de valores de uso, al nivel de la crisis, y el subconsumo de las masas sociales a precios de mercado monopolista. La contradicción entre la riqueza de la producción y la marginalidad de las masas sociales a niveles de ingresos bajos. El sueño del delirio metafísico de las masas monetarias lanzadas al mercado financiero está cubierto de soluciones retóricas, de tasas de interés para masas monetarias-papel, en circulación, sin oportunidades de inversión ni de creación de empleo. El sueño aprehensible de los mecanismos de producción de dinero metafísico, se adhiere al simbolismo de la matematización de la causalidad de los fenómenos mensurables. Las leyes matemáticas de las correlaciones fenomenales. Este gran vacío de la precariedad del individuo perdido en los enlaces de la necesidad y el dinero. Francis Bacon (1909-1992) es el pintor del vacío deshumanizador, que padece el miedo interiorizado de una época que transcurre por los pasajes innominados de dos guerras mundiales, la guerra fría y la formación de los imperios financieros. Francis Bacon siente el delirio del miedo. El miedo del individuo, en la angustia metafísica de explicar la soledad del amante y de sujeto amado. Apartándose del mundo, Francis Bacon reinicia una incesante marginalidad del monólogo plástico, que rehace la relación de la orfandad y el amor, del dolor físico de la finitud de la experiencia amatoria. Las figuras tumbadas de Francis Bacon están en un laberinto de espejos deformantes. El gran vacío de la realidad social, precariedad de la existencia marginal, deformación plástica de los personajes de Francis Bacon, que los rehace, los despedaza para atribuirles otra objetividad. La duda y el alcohol desnudan la coherencia y ciegan la certidumbre de la culpabilidad, que desencadena la oscuridad de lo inhumano. Igual que el Gran Topo kafkiano, la incertidumbre se abre para adquirir la generalidad de la alienación y del orden autoritario de jerarquía. Los modelos de Francis Bacon implican la destrucción física y psicológica del individuo atrapado en el juego de los espejos. El espacio se estrecha y el tiempo se abre amarillo como un girasol. El individuo se inmoviliza en la desmemoria. Su cuerpo se esconde en la uniformidad anónima de las habitaciones de pensión, que se fijan al cuerpo desnudo, sobre una mesa de cristal, en un espacio y tiempo irreales. Las percepciones del delirio alcohólico que se revelan en las deformaciones de las manchas de humedad de las paredes sórdidas. El alcohólico se aparta de la realidad para padecer la opacidad del sufrimiento. El tiempo se sujeta a la incoherencia explicativa de la finalidad irracional, del límite absurdo de la esencia del tiempo en el mundo transgredido. El tiempo irreal se sostiene en el alojo del destino. Hay que soportar el espacio y el tiempo habituales. La soledad sin historia del individuo echado en las mesas de cristal. El naufragio de ser humano, a través de la transparencia que sobresale del tejido de la existencia. La vida es un ahí transitorio en la voluntad de Otro. La objetividad se destruye en la continuidad de rehacerse en el peligro de no ser. Se escapa al tiempo por la ventana ciega de la irracionalidad. No hay luz que envuelva la pasión de existir como en los dioses, que desconocían la fatalidad. No había arrepentimiento en la dicha de los dioses. Los dioses castigaban sin que la víctima supiera los motivos con los que se llega a la culpa. La existencia de la jerarquía de poder ignora la culpabilidad. Los dioses persiguen la belleza entre los reflejos alucinatorios de la redención de la culpabilidad. El grito sin la racionalidad de los fines, que se interioriza como desmemoria de la facultad de enlazar el lenguaje al sufrimiento. El hombre se queda en los significantes de su destino, y solo ante el significa angustiado del grito. Delante de la experiencia de lo vivido va pasando la gente anónima, las fechas solemnes, la medianoche, su hora fatal, los murmullos y los zureos, el devenir, de lo que uno verdaderamente resulta ser. Detrás de la simulación de lo inhumano hay alguien que respira fatigosamente. Se desconoce su identidad. Está ahí sólo para abrir la ventana de la historia. Habitarse es poseer la necesidad, el acompasado galope del compromiso de la pasión de estar en el mundo. El buey sigue tirando del arado. Pronto estará en el ocaso. En su mirada está el vacío de la finalidad.
viernes, 26 de junio de 2009
Deus Absconditus (y 5)
Las épocas históricas tienen un ideal de sí mismas. El bello ideal de su estatismo o de su dinamismo histórico. El bello ideal está unido a la jerarquía de poder económico y a las relaciones simbólicas que se sobreponen a las relaciones reales. El bello ideal proyecta lo real en lo imaginario. Bloquea la realidad. El simbolismo traslada las relaciones reales a las relaciones imaginarias. Un simbolismo encubridor es el de la jerarquía de poder de las clases sociales, económicamente dominantes por las clases manipuladoras de los órganos simbólicos del Estado. Los símbolos estéticos y ceremoniales encubren las relaciones de la clases que aún no ejercen el poder de dominio. El poder entonces se esconde en las formas imaginarias. Se ejerce desde ellas sobre las clases sociales dominadas. Se diría que la historia se lleva a término delante de un espejo que encubre los personajes emboscados. Entonces el espejo es la sociedad de los bellos ideales, de los imaginarios de las minorías sin dominio económico. Los símbolos prevalecen y perviven en la historia de las expresiones del arte y del lenguaje después de que hayan desaparecido los grupos que las formalizaron. Los arcaísmos de la ideología alcanzan su degradación mucho después de la degradación del modo de producción de la sociedad vigente. Las clases dominantes económicamente se entregan a las ceremonias simbólicas de las clases hereditarias operativas en la hegemonía del Estado. Chastellain, el historiado áulico de Felipe III el Bueno (de Borgoña) (1396-1467), duque de Borgoña (1419-1465), creador de uno de los más poderosos estados del siglo XV en Europa. Y de Carlos el Temerario (1433-1477), último duque de Borgoña, hijo de Felipe III el Bueno. Negó el poder de clase ascendente de la burguesía de Flandes por su deslumbramiento en las simbologías fastuosas de la corte borgoñona, negó el diacronismo de la burguesía ascendente en su ruptura con las categorías del consumo de lujo y las guerras que destruían la producción del capital burgués. Las relaciones del poder político de la corte aúlica sobredeterminaban la tendencia real de la historia. La burguesía tardaría siglos en poseer una operatoria simbólica para expresar la universalidad de su poder. Su ideología estaba atrasada en cuanto a su representación ceremonial, plástica, y literaria del individuo de su clase. Las categorías económicas son determinantes pero amoldadas a las categorías ideológicas. Las simbologías de un tirano se mantienen en sus sucesores. Las minorías dominantes trasladan la situación simbólica del período anterior. Las organizaciones apropiadoras de la riqueza se enmascaran en las formas pretéritas. Esto le da continuidad perfectiva al ejercicio del dominio. Los símbolos sustituyen a la realidad y esto implica que la realidad se vuelve invisible para los dominados. Encuentran su razón para existir en las formas de dominio de otros. Se percibe una verdad extraña. El nivel dominante ideológico inhibe la verdad de las relaciones sociales y de las relaciones simbólicas. Las disyuntivas de los ciclos de la civilización se conforman en la reproducción económica y en la reproducción simbólica. Las alternativas de progresión y regresión de la producción económica establecen correlativamente representaciones simbólicas imaginarias, progresivas y regresivas. Las máscaras que abandonan los antiguos actores las recogen los nuevos. Hay una inversión entre progresión de la producción de riqueza y las simbolizaciones que las recubren. Las alternativas de barbarie o ascensión, hacia el bello ideal, se articulan con la variabilidad de la estructura económica en el límite de su contradicción básica antagónica. Una clase social nunca deja el poder, sino que lo transfiere a la generación siguiente. El individuo dominado está sujeto a las idealizaciones coercitivas de supervivencia o caos. La memoria traumática es un transmisor de órdenes simbólicas imperativas y mecanizadas. La estructura ideológica no se alinea junto a la situación económica que la determina. Los simbolismos imaginarios tienen una función activa, como en la pasividad en las grandes religiones antiguas, de tal manera que la ideología de la mayor parte de los oprimidos es contraria a la situación económica. La gran pasividad de la situación presente tiene las características simbólicas de las grandes religiones antiguas. Las sobredeterminaciones de la estructura económica por la ideología conllevan una intensa acción represiva del simbolismo degradativo. Al lado de la riqueza está la marginalidad, alegoría del hombre atado a su sombra. La clase dominante convierte sus simbologías en agregativas y desagregativas de masas de población. Su ideología es la ideología general. El desarrollo de la voluntad imperativa es fuerza material y simbólica sobre los conjuntos agregados y desagregados. Las simbologías de dominio se afirman en su organización y en la desorganización de quienes las padecen. En los estados regresivos de civilización se abre un contexto económico y simbólico exterminativo de la racionalidad. Los grupos sociales triunfadores se oponen a cualquier dirección de la sociedad, que no acate la reproducción social, en conformidad a sus concepciones de los procesos formativos de la riqueza y de la ideología. Las jerarquías de fuerza son diferenciales de voluntad de poder del dominante sobre la voluntad del dominado. Las fuerzas activas sobre fuerzas reactivas. La voluntad de poder es un estar de las fuerzas de dominio, que exigen la afirmación de su existencia como finalidad universal, material e ideológica. En cualquier tiempo histórico de jerarquía de dominio, el presente está cerrado al cambio del modo de producción de la existencia y abierto a la repetición abrumadora del imaginario simbólico de dominio. El lenguaje manipulado angustia y apesadumbra en sus paradojas de perdurabilidad. Si las estructuras de dominio se han vuelto intemporales, entonces hay un Todo inerte. En el Todo inerte no hay un tiempo semejante a una línea, sino un tiempo en espiral. Si el capitalismo del siglo XIX dio origen a un individuo neurótico, que sustituía el instinto del placer por la vía satisfactoria de síntomas regresivo a fijaciones traumáticas. El individuo del siglo XX habrá de buscar las evasiones gregarias de las representaciones y sentimientos en las masas paranoicas. El individuo del siglo XXI se atrinchera en las formas evasivas de la memoria del instante. Se tiene la memoria del instante para no tener una continuidad en los flujos repetitivos de los ciclos simbólicos monetarios y en los ciclos de trabajo del excedente económico. Se vive sobreponiendo los ciclos salariales a los ciclos de ingresos y deudas. El dinero es un flujo de intercambio del tiempo de trabajo por el tiempo de la mercancía intercambiada. Es un medio de circulación. No la riqueza en sí, que son los valores de uso. Si disminuye la cantidad producida de valores de uso, los precios de los mismos suben porque el dinero se ha depreciado. El pantano de la liquidez financiera inflacionaria destruye las equivalencias de dinero y de riqueza. La destrucción del ciclo del trabajo-producción causa la destrucción del ciclo del dinero-compra. La represión insatisfactoria, del deseo de los valores de uso y de dinero, circula en los instantes evasivos de la sumisión, con respuestas simbolizadoras. Los individuos están desnudos en el zoo y contemplados por vigilantes La regularidad del miedo es una mística controladora de los actos de sumisión. El devenir sería llegar a ser una cosa. Retornar a las posiciones imaginarias del flujo temporal de la expiación por culpas simbólicas. La existencia coexiste con la culpa. El pasado se inmoviliza y no se resiste a una voluntad, que se extraña en su no ser. Se inhibe el instinto de estar en la inocencia del devenir. La vida, que se pierde, se hunde en los instantes inconscientes de sumisión. La utilidad del plegado sobre sí mismo facilita la permanencia del no ser en el devenir. La utilidad del pragmatismo es imperativa ante la voluntad inerte. Existir entonces es permanecer en los símbolos de jerarquía. La utilidad del plegamiento de la existencia establece la psicosis de la huida. La indiferencia, ante el horror de los conflictos sociales. Sería la situación de un sujeto que remansa su quietud en la supervivencia de la voluntad dominante. Mediante la negación, al mandato subordinante, se debe oponer una concepción del mundo progresiva. Si no es así, la voluntad ya no afirma la inocencia sobre la culpabilidad y la expiación de la mala conciencia, “de la culpa es mía”. Un ser implicado en su inocencia tiene que entregarse al devenir del flujo de la verdad sin símbolos opresivos. Salir del trabajo abstracto del productor de mercancías ajenas para llegar a un ser no mecanizado. Mientras su devenir social lo determine en un ser abstracto, el mundo se realiza en lo turbio del dominante. No tiene la certeza de estar desapropiado de la fuerza dominante. Está en un mundo que no le pertenece. Sus esfuerzos de integración en la realidad-devenir tropiezan con fuerzas ciegas. En un individuo atomizada en un mercado de mercancías y dinero anónimos. El flujo de su ser deriva en inseguridad ante pragmatismo de la culpa asumida y la expiación de la misma. Entonces no hay transparencia. Cuelga a su espalda la joroba de la culpa ajena, el arrepentimiento que se esconde en la irracionalidad. Quien tiene miedo, no quiere ver. Lo que se ve está dentro de la conciencia falseada y condiciona la arcilla reseca en sus quebraduras.
El tiempo de la inocencia, del juego del niño, no se amolda a la oscuridad de los símbolos opresivos. La inherencia del inocente compagina a circunstancias que resultan luminosas. Ellas no están ocultas y le pertenecen como atributos de su inocencia. Su adherencia a claror lo lleva a improvisadas combinaciones instintivas y a monólogos interiores sin responsabilidad. Son los flujos temporales que se integran en la estructura psíquica del niño que juega. Estar hecho de palabras con seres mitológicos. El carácter individual y colectivo llegar a ser cerrados cuando la inocencia de las palabras y de los actos son censurados hasta el dolor. La memoria del instante es una discontinuidad en los flujos repetitivos de los ciclos monetarios y los ciclos de trabajo sobrepuestos. La falta de inocencia sobrepone los ciclos de trabajo a los ciclos de ingresos. El dinero es una función de la variable independiente, cantidades de trabajo. No se está abierto a la voluntad perfectiva de un individuo abierto a la transparencia del inocente, porque sobre la frágil estructura mental se van depositando cargas traumáticas que inhiben la voluntad decisoria. La voluntad mecanizada es un símil tecnológico. El inconsciente mecanizado se mantiene en su no apropiación de la realidad. Si el inconsciente es una fuerza maquinal de momentos simbológicos de amor y olvido, se manifiesta en la culpa repetitiva y punitiva. Las percepciones del mundo simbólico exterior refuerzan las interiorizaciones acumulativas represivas. En el corazón de la oscuridad se combinan la no resistencia al sometimiento y las cargas psíquicas represoras. El problema filosófico esencial del individuo es discernir sobre el valor del sentido de su existencia inocente. No estar constreñido a realizar una estimativa de los valores simbólicos de culpabilidad, que mantienen una sociedad de arena contaminada. El acercamiento a la verdad estima el placer del juego inocente. La inocencia del juego alegre impera ante las situaciones de crisis individual y social. No hay existencias vacías, que floten permanentemente en las medusas de las percepciones desgraciadas. Los agregados de grandes conjuntos sociales simbólicos y económicos intervienen anulando el juego de la vida inocente. El individuo toma sus decisiones de libertad en una experiencia aislada, tal vez atrapado en la porosidad del devenir simbólico de la inexistencia, pero está obligado a tomarlas. ¡Cuántos símbolos se apoyan en nuestra espalda como una carga inútil agobiante! Símbolos de culpas y expiaciones en lo universal inelástico. La carga de la vida como un zurrón lleno de arena, que debemos alejar para no encontrarla el camino de vuelta. Estamos en el juego del niño sin culpa.
El tiempo de la inocencia, del juego del niño, no se amolda a la oscuridad de los símbolos opresivos. La inherencia del inocente compagina a circunstancias que resultan luminosas. Ellas no están ocultas y le pertenecen como atributos de su inocencia. Su adherencia a claror lo lleva a improvisadas combinaciones instintivas y a monólogos interiores sin responsabilidad. Son los flujos temporales que se integran en la estructura psíquica del niño que juega. Estar hecho de palabras con seres mitológicos. El carácter individual y colectivo llegar a ser cerrados cuando la inocencia de las palabras y de los actos son censurados hasta el dolor. La memoria del instante es una discontinuidad en los flujos repetitivos de los ciclos monetarios y los ciclos de trabajo sobrepuestos. La falta de inocencia sobrepone los ciclos de trabajo a los ciclos de ingresos. El dinero es una función de la variable independiente, cantidades de trabajo. No se está abierto a la voluntad perfectiva de un individuo abierto a la transparencia del inocente, porque sobre la frágil estructura mental se van depositando cargas traumáticas que inhiben la voluntad decisoria. La voluntad mecanizada es un símil tecnológico. El inconsciente mecanizado se mantiene en su no apropiación de la realidad. Si el inconsciente es una fuerza maquinal de momentos simbológicos de amor y olvido, se manifiesta en la culpa repetitiva y punitiva. Las percepciones del mundo simbólico exterior refuerzan las interiorizaciones acumulativas represivas. En el corazón de la oscuridad se combinan la no resistencia al sometimiento y las cargas psíquicas represoras. El problema filosófico esencial del individuo es discernir sobre el valor del sentido de su existencia inocente. No estar constreñido a realizar una estimativa de los valores simbólicos de culpabilidad, que mantienen una sociedad de arena contaminada. El acercamiento a la verdad estima el placer del juego inocente. La inocencia del juego alegre impera ante las situaciones de crisis individual y social. No hay existencias vacías, que floten permanentemente en las medusas de las percepciones desgraciadas. Los agregados de grandes conjuntos sociales simbólicos y económicos intervienen anulando el juego de la vida inocente. El individuo toma sus decisiones de libertad en una experiencia aislada, tal vez atrapado en la porosidad del devenir simbólico de la inexistencia, pero está obligado a tomarlas. ¡Cuántos símbolos se apoyan en nuestra espalda como una carga inútil agobiante! Símbolos de culpas y expiaciones en lo universal inelástico. La carga de la vida como un zurrón lleno de arena, que debemos alejar para no encontrarla el camino de vuelta. Estamos en el juego del niño sin culpa.
sábado, 20 de junio de 2009
Deus Absconditus (4)
Para Giambattista Vico (1688-1744), pensador italiano, la propiedad fundamental de los hombres es la de ser sociables. En la búsqueda de su propia utilidad se empujan unos a otros a vivir con justicia y a conservarse en sociedad. La naturaleza civil del hombre viene a ser justa y razonable. La historia es la manifestación de la naturaleza del hombre en el mundo. El hombre conoce la verdad de la historia, porque él produce la historia. La naturaleza humana tiene la esencia de perfectibilidad, pues el hombre irá evolucionado y concretándose en los diferentes tipos de culturas, desde la animalidad a la humanidad. Para Henri Bergson (1859-1941), filósofo y escritor francés, existir es crearse indefinidamente a sí mismo. El tiempo pasado permanece presente en nosotros y se abalanza a nuestro presente y a nuestro futuro. Existir es habitarse en un período de tiempo. La naturaleza es un estar en el tiempo. La vasija de la existencia se va llenando con el pasado. El tiempo se constituye en una sucesión de instantes conscientes, entremezclados e ilimitados. Esos instantes están en un “ahí permanente”, son el sustrato existencial. Por eso nadie sale fuera de su tiempo. Para Vico la historia es la manifestación de la naturaleza civil del hombre en el mundo. La exposición de la verdad era, para los Iluministas del siglo XVIII, exponer la racionalidad de lo real. Alumbrar el tiempo real de la sociabilidad, arrastrarlo y asirlo a la perfectibilidad evolutiva de la naturaleza histórica del hombre, enfrentarse a las representaciones ideológicas, sustituciones fantasmagóricas de las evidencias de la Razón. El pasado manipulado desasido del presente por la iluminación de la racionalidad. Como si el pasado hubiese ido dejando sustancias ideológicas, sólidas y amorfas, a despejar por la iluminación crítica de la Razón. Las ideas, las opiniones anticuadas, heredadas del absolutismo, sobrepuestas a las demostraciones de la teoría y de la práctica científica. La negación de las ideologías como soportes de sistemas sociales progresivos. La diacronía del presente, iluminado por la Razón, rompía las deformidades irracionales del pasado. Para los Iluministas, el curso de la historia era evolutivo en cuanto el hombre estaba en la progresividad de la perfectibilidad de su naturaleza social. Esta naturaleza social imponía la supremacía de la voluntad popular frente al derecho divino. La sociedad se agregaba la capacidad de dirigir sus acciones con independencia de influencias extrañas. La positividad de la Razón Iluminista era la de negar el curso imaginario de la sociedad. El mundo se vive través de la penetrabilidad racional de la humanidad en la producción de su historia. Para Bergson la naturaleza humana se constituye en la duración consciente. El hombre conoce la perfectibilidad de su evolución, porque retiene el flujo del tiempo a través de llevar el tiempo pasado al presente. El recuerdo reincorpora la historia. El hombre está sometido a la búsqueda de lo vivido. La memoria es la historia pasiva. La memoria de lo vivido es una agarradera de la que uno no puede desasirse, salvo situarse fuera de ella. Así el astronauta, que, en su paseo espacial, mirarse el mundo como una cosa extraña, que no determinara la realidad que le posibilita existir. La memoria del pretérito es un asa que permite trasladarse a la comprensión de la historia. En Deus absconditus (3), la memoria colectiva era el testimonio máximo de la existencia asocial del individuo inhumano. La desmemoria, negación de la naturaleza civil del hombre, y a la vez la negación de la naturaleza humana, que se constituye en una duración consciente. Para Hegel, la totalidad de la Historia manifiesta la evolución expresiva de la razón y la libertad. La historia del mundo se nos presenta como un proceso racional. El proceso racional de la historia es la evolución de la perfectibilidad del hombre en sociedad. La libertad interioriza la racionalidad en la inhumanidad. La memoria de la injusticia devuelve al presente la historia de la insociabilidad. Giambattista Vico y Henri Bergson se entrelazan en la memoria perfectiva del tiempo pretérito en la sociabilidad humana.
viernes, 12 de junio de 2009
Deus Absconditus (3)
El escritor inglés del siglo XIX Lewis Carroll escribió el libro Alicia en el país de las maravillas (1865) para Alice Lidell. En el cuento, Alicia cae en una madriguera y se encuentra en un mundo fantástico e ilógico.
Noticia encontrada en la red de Internet: (Los testimonios detallan las prácticas conocidas por el público a partir del escándalo de Abu Ghraid. Las prácticas de los torturadores eran privación del sueño y de los alimentos, exposición a temperaturas extremas, golpes y herida, así como otras vejaciones tales como las pirámides humanas).
Al ser humano le desasosiega la tortura, le angustia su límite absoluto de deshumanización. Se encoge, emocional y conceptualmente, ante el vaciado de su existencia. Lo deja fuera de sí, desposeído de la durabilidad del mundo habitado por la seguridad. Pero en este desasosiego, en su angustia, radica la esencia de un mundo racional. La tortura deja caer al individuo en el mundo oscuro de la inseguridad, donde las ideas y las emociones se desligan de la unicidad de la conciencia y la existencia, como si fueran la expresión plástica de la seda hilada después de ahogado el gusano de seda. De aquí que las fotografías de las torturas colgadas “en la red”, abran la insospechada presencia de la cotidianidad del horror, de sentir la realidad de lo inhumano organizado y producido. La tortura conlleva el horror ante el mal y la evidencia de su objetividad, escondida en un presente incesante en la destrucción de lo humano por lo inhumano. En la historia actual siempre está abierta la coyuntura de la inhumanidad. Es una máquina -psíquica que fluye en el porvenir deshumanizado.
La tortura no proviene de la naturaleza. No es parte de una presencia esencial metafísica o genética. No se forma como una perla accidentalmente en el interior de algunos moluscos. La tortura está dentro de las relaciones de poder. El torturador ha sido adiestrado, directa o indirectamente, por las instituciones y hábitos sociales de dominio y privilegio. El adiestramiento, en la tortura, proviene de la obediencia ciega a la irracionalidad, a la disciplina, al ejercicio del acto absoluto de la voluntad Única que asalta a la Razón. Los ejecutores de la tortura establecen su realidad en la omnipotencia del vencedor. Sonríen y hacen muecas mientras profanan los cuerpos de los torturados. Están en las infra-emociones de superioridad que obedecen a la orgía de la impunidad. El Mal absoluto del torturador está ya en la hegemonía de la ausencia de culpa, que lo sitúa en la impunidad, en la carencia de falta de castigo, en la ley de cierre de la obediencia de jerarquía. Los torturadores están en las relaciones sociales ideológicas, que producen los asaltos a la racionalidad, las representaciones mitológicas totémicas, que causan los efectos de los grupos- víctima y de los grupos- tortura.
El adiestramiento del individuo en la tortura es una práctica técnica, un proceso de producción de la mecánica de la crueldad y un discurso ideológico incluyente de la diferencias de masas sociales privilegiadas y masas sociales basura. Hay un adiestrador y un adiestrado, y un espacio oculto de aprendizaje. El adiestrador aplica y explica un código, que cifra la desutilidad y la utilidad de la información en la debilidad psíquica y física del torturado. Las repeticiones de las normas ejecutoras irán trasladando la grafía de signos vejatorios como un proceso para actuar en el cuerpo y en la mente del torturado. Habrá en el torturador una regularidad sádica de sus actos. Su conciencia está bajo el imperativo de la insensibilidad del sufrimiento ajeno y el objetivo estratégico de conseguir información. El castigo está dirigido a los límites de la sumisión agónica. El culto de la tortura muestra el escenario burocratizado de la perfección de los intereses ideológicos y materiales del orden superior del torturador. El torturador está inscrito en las diferencias de jerarquía del mandato autoritario. El Mal se vuelve una entidad abstracta intencional, que acuña la desvalorización de las conductas de resistencia que son opuestas a la metafísica del poder autoritario. El Mal se vuelve absoluto y consciente para el torturador. Para él, no hay culpa en sus actos. La eficacia de la estructura de la tortura especifica su valor. Los grados de culpabilidad de esta consciencia están supeditados a la eficacia del adiestramiento. En los torturadores de los años 30 y 40 del siglo XX, había una percepción clara del ocultamiento de las pruebas de culpabilidad. La ausencia de pruebas era una garantía salvadora, que obligaba a hacer desparecer los testimonios genocidas. Se escondían en los guetos de la complicidad. En ellos, el Mal era recibido por un yo- Único, indiferente y cómplice. En la situación actual, los torturadores fotografían sus actos y los publicitan en los medio de comunicación. Su culpabilidad está incluida en la desmemoria legalizada. Los actos del torturador ahora habitan un consciente compacto, extraño y eufórico en la intencionalidad destructiva. El torturador recrea y escenifica una situación de perversión sexual: sodomía, zoofilia y urofilia. Las frases-grito de los torturadores están engarzadas en el uso habitual de sus significados en el contexto de la crueldad intencional. La repetición de sus expresiones corporales se adapta al texto escrito por sus adiestradores. Los torturadores dejan marcas físicas y psíquicas indelebles. Un dolor incesante físico y moral. El cuerpo y la psiquis del torturado internalizan las heridas hasta volverlas irredimibles y post-históricas. El sufrimiento del torturado se vuelve intemporal. Las percepciones, de su cotidianidad de víctima superviviente, confluyen en una desestabilidad psíquica repetitiva. El siglo XX y XXI, la tortura está en el estilo neogótico de los guetos de la desmemoria del torturador y en la memoria repetitiva y obsesiva de la víctima. Los actos del torturador se vuelven arqueología de huellas y voces en la temporalidad de lo habitual. La desmemoria del proceso histórico que conduce a la tortura también se planifica para que se logre su olvido. El ritual de las madres argentinas por mantener la memoria de las víctimas. La incesante presencia de las fotografías de sus familiares, los desaparecidos, torturados y asesinados, insisten en que no se pierda la memoria de la historia, ya que entonces se pierde la realidad intencional de los torturadores. La memoria colectiva es el testimonio máximo de la existencia de la crueldad. Los torturadores buscan la desmemoria y su punto final: el pacto de encubrimiento. Pero la memoria de las víctimas devuelve el presente de la historia a la necesidad de la Justicia.
Estamos en una época destructiva para el porvenir de la humanidad. Los datos se presente en una superficie inconmensurable. La supervivencia humana está en la certeza de que hay medios de destrucción absolutos. La humanidad puede ser destruida científicamente. La muerte se ha vuelto un símbolo inmediato del exterminio generalizado. La finalidad moral del hombre se ha vuelto intrascendente a su transitividad histórica, tanto para el exterminio general como para el exterminio de víctimas en cualquier lugar de la sociedad de la tortura. El porvenir moral y económico, ciertos, para que la humanidad prevalezca caen en la utopía. La historia cotidiana contiene la cronología incesante de la crueldad y la certeza de la destrucción general. No hay copia de seguridad. Como diría Albert Camus, el sentido común percibe esta realidad. En una concepción absurda de la disuasión internacional del enemigo, los países ricos y emergentes poseen arsenales nucleares y masas sociales desheredadas sobre las cuales se ejercita la crueldad física y económica. La tortura se vuelve general en una sociedad dividida entre la riqueza minoritaria y las masas sociales incluidas en la finalidad de dominio de bajo presupuesto.
viernes, 5 de junio de 2009
Deus Absconditus (2)
Walter Benjamin (1892-1940), escritor, teórico marxista y filósofo estético alemán, del siglo XX, su obra ejerció una influencia sobre la crítica literaria y artística del siglo XX, y dejó una intensa concepción mística de la esperanza para los desesperados. Esta concepción mística, él la esperaba en la dialéctica revolucionaria marxista. Ahora, percibimos en Latinoamérica la acción revolucionaria de los campesinos y de la clase media en su intransigencia ante los modelos sociales conservadores. La voluntad imperativa del cambio del modelo social del hambre milenaria. Para Benjamín, todo hombre, conforme sueña, descubre sus limitaciones relativas y su despertar revolucionario. Benjamín está influido por el sueño que atribuye la mística revolucionaria al hombre. Mientras duerme conforma su futuro y el límite de su despertar. El límite del despertar es la realidad de la sociedad como proceso social, que ha superado la coacción de las jerarquías de dominio. El hombre no es el sueño de Dios y por tanto despierta enfrentado a las condiciones objetivas de su existencia. Debe despertar para hallarse con la historia. Tiene que descubrir sus limitaciones y su pertenencia a un Sujeto histórico poseído del devenir moral, que debe conformar una historia sin clases sociales.El juego del despertar está en las circunstancias de su historia. Benjamín estuvo en el auge del fascismo de los años 30 en Alemania, de las inhibiciones de las sociedades de masas, por las fuerzas represivas de la familia coercitiva y el Estado autoritario, organizado como una máquina de guerra y propaganda. Él se encuentra dentro del terror instrumentalizado. Entonces el fascismo y la sociedad de masas degradaban la humanización del hombre por el arte. La sociedad en su totalidad se consumía en la eliminación de la Ilustración iluminista de la cultura y venía a caer en la decadencia de las masas sometidas de los años 30.Con la ocupación de Francia en 1940, Benjamín intentó cruzar la frontera franco-española a través de los Pirineos, pero fue detenido; para evitar ser denunciado a la Gestapo, Benjamín puso fin a su vida en las proximidades de Port Bou (España). No hay escape al totalitarismo estatal. A la sociedad convertida en una organización exterminativa de lo diferente.
El Arte no supera la deshumanización de la pasión política de las minorías de dominio sobre las masas sociales. Las minorías de poder militar, económico y político, rehacen el caos de la crueldad del orden, con la pasión criminal, que convierte la ignorancia en bestia genocida, exaltando la barbarie contra la civilización. La humanidad tendría que anular la manipulación psíquica del hombre en bestia. Deberá legislar para un Estado que imposibilite el terror organizado. La bestia y el universo de las pasiones aniquilantes serán ocasos futuros en el fluir de la historia. La correspondencia armónica con la naturaleza y la humanidad es una apuesta de la sociedad actual en su aplicación del conocimiento tecnológico y espiritual, en una sociedad donde el hombre no sea un explotador del hombre. Esa sería la apuesta inmanente de la naturaleza humanizada y convertida en obra de arte para Walter Benjamín
En el momento actual del 2009 el individuo es un ser arrojado a las limitaciones de los procesos sociales de rendimientos decrecientes, con respecto a las condiciones objetivas de la naturaleza, y de las instituciones sociales autoritarias que determinan la sociedad en crisis, las diferencias sociales en el reparto de la riqueza producida por el trabajo. La Naturaleza, la tecnología, las clases sociales productivas e improductivas, están sujetas a los rendimientos decrecientes. A mayores cantidades de trabajo simple y complejo medio, tanto el incorporado por la tecnología como por el el saber humano, los rendimientos decrecen en función de estructuras naturales y tecnológicas invariantes y obsoletas. Hay que modificar los rendimientos decrecientes con una programación científica de los recursos y las necesidades. Las invariantes tecnológicas de la producción, el consumo, el intercambio y la distribución, se modifican en ciclos a largo plazo por la organización participativa de la sociedad en su conjunto. Estas reflexiones vienen en recuerdo de Walter Benjamín, de su concepto del arte que expresa la esencia humana como un porvenir cierto.
El Arte no supera la deshumanización de la pasión política de las minorías de dominio sobre las masas sociales. Las minorías de poder militar, económico y político, rehacen el caos de la crueldad del orden, con la pasión criminal, que convierte la ignorancia en bestia genocida, exaltando la barbarie contra la civilización. La humanidad tendría que anular la manipulación psíquica del hombre en bestia. Deberá legislar para un Estado que imposibilite el terror organizado. La bestia y el universo de las pasiones aniquilantes serán ocasos futuros en el fluir de la historia. La correspondencia armónica con la naturaleza y la humanidad es una apuesta de la sociedad actual en su aplicación del conocimiento tecnológico y espiritual, en una sociedad donde el hombre no sea un explotador del hombre. Esa sería la apuesta inmanente de la naturaleza humanizada y convertida en obra de arte para Walter Benjamín
En el momento actual del 2009 el individuo es un ser arrojado a las limitaciones de los procesos sociales de rendimientos decrecientes, con respecto a las condiciones objetivas de la naturaleza, y de las instituciones sociales autoritarias que determinan la sociedad en crisis, las diferencias sociales en el reparto de la riqueza producida por el trabajo. La Naturaleza, la tecnología, las clases sociales productivas e improductivas, están sujetas a los rendimientos decrecientes. A mayores cantidades de trabajo simple y complejo medio, tanto el incorporado por la tecnología como por el el saber humano, los rendimientos decrecen en función de estructuras naturales y tecnológicas invariantes y obsoletas. Hay que modificar los rendimientos decrecientes con una programación científica de los recursos y las necesidades. Las invariantes tecnológicas de la producción, el consumo, el intercambio y la distribución, se modifican en ciclos a largo plazo por la organización participativa de la sociedad en su conjunto. Estas reflexiones vienen en recuerdo de Walter Benjamín, de su concepto del arte que expresa la esencia humana como un porvenir cierto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)