domingo, 23 de agosto de 2009

La astucia de la Razón ( 1)

Richard Lindner pintó un cuadro en 1954, al que determinó como Boy with Machine. Un joven adolescente con una máquina. La denominación del tema pictórico suprime el verbo estar. No atribuye al sujeto la circunstancia de existir. El joven adolescente es la máquina misma. La función lógica de relacionar al sujeto a un objeto exterior mediante el verbo ser o estar está eliminada. El hallazgo de la significación está en unir fuera de las circunstancias exteriores la presencia del sujeto y el objeto. El subjetivismo extremo de Richard Lindner radica en que lo único que existe es el yo radical del individuo y el objeto de la máquina antiproducción. El muchacho con la máquina. El muchacho delante de la máquina. ¿Quién es el joven adolescente? La pregunta inquiere sobre la constitución del yo. La pregunta salta ante la duda. Quién es el sujeto, qué es el objeto. ¿Por qué se relacionan con una preposición y no con un verbo que le atribuya circunstancias externas constitucionales a su enigmática presencia?
La cabeza del joven adolescente es casi esferoide, si no fuese por la barbilla que se acerca a su cuello grueso y corto. El pelo rapado y oscuro, las orejas pequeñas y asomadas. Las cejas breves y ascendentes, desde los lagrimales hasta un vértice agudo del que caen precipitadamente. Los ojos almendrados, grandes, oscuros, que acompañan al rictus de la boca con expresiva vanidad en la travesura. El labio superior carnoso, prominente, con acentuadas hendiduras, que llegan a los orificios de la nariz. La barbilla insinuada a la línea circular de la cara. Su rostro es lunar. Algo así como las piedras lunares que buscaba Antonin Artaud en el desierto de Asiria, en su pasión seminal por Heliogábalo, el anarquista coronado, en Emesa a orillas del Orontes. Allí, en la abrumadora injusticia del destino.
Luego el volumen grueso del cuello del joven adolescente, que mantiene la tensa energía de la esfericidad de la cabeza. Desde la carnosidad del cuello hasta por debajo de las rodillas, el cuerpo del joven adolescente está cubierto con una vestidura amplia y larga, que se ajusta, con una botonadura delantera, a su cuerpo, que se amplía desmesuradamente desde los hombros a unas piernas tubulares, casi cubiertas por la vestidura y los calcetines, sólo quedan a la vista dos franjas de las tibias, blanquecinas y carnosas. Las manos, pequeñas y gordillas, se cruzan ante el pecho en una línea diagonal. Los huecos de ambas manos, que, forman los dedos, pulgares e índices, sujetan dos alargados destornilladores o instrumentos mecánicos, ajustadores de las piezas de la máquina. El cuerpo del joven adolescente es una síntesis de extremada corpulencia y obesidad. Detrás de él hay una máquina. La preposición indica sujeto y objeto. Boy with Machine. Esta máquina no es un conjunto de mecanismos trabados para producir medios económicos o ideológicos. Es un flujo de energía incausal y atemporal, que se materializa en los flujos esquizos de los montajes de elementos ordenados en secuencias del delirio De Boy Machine, ambos, están construidos en la huida autista de la realidad. En el flujo mental de la huida no hay sectores económicos de bienes de producción. De Boy Machine es un artefacto multiplicador de la improductividad. Una inyectadora de energías psíquicas, que da plasticidad a la materia impenetrable y muerta. Machine productora de delirios y productos sin valor, como un chicle mascado y pegado a la pared, unas canicas debajo de los cuerpos fríos de las palomas callejeras, periódicos untados de grasa (…) No hay diferencia cualitativa en producir para el consumo de las máquinas de máquinas o producir para el consumo delirante de las masas sociales, hibernadas en las rutinas del aletargamiento ideológico. De Boy Machine se eleva a una potencia enésima de delirio improductivo.
La máquina de Boy es una combinación de piezas que se mezclan en un orden estricto de desutilidad: cilindros, correas de transmisión, ruedas dentadas, tuercas, tornillos, volante, planchas metálicas (....) Una máquina Boy antiproducción, bulimia maquinal Un proceso simbólico de la irracionalidad. El joven adolescente es un cuerpo desmesurado con relación al espacio mecánico que ocupa. Delante de su máquina mira al espectador del cuadro. Se complace con su trabajo de montador de máquinas. Sus brazos, que se cruzan y trazan una diagonal ante el pecho, son parte de la máquina- Boy. Los artilugios mecánicos, destornilladores- engrasadores muestran la pericia de su montaje maquinal. La máquina está cifrada en restos de memoria de la producción, en etapas del capitalismo industrial de finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. Las máquinas de procesos de trabajos industriales, en donde la productividad de la máquina integra al trabajador en una degradación acumulativa de la intensidad y de la cantidad del trabajo. La intensidad del trabajo es un mayor consumo de energía humana por unidad de tiempo. Comprimir dos horas de energía humana en una. Reducir la jornada de trabajo imprimiendo mayor velocidad al proceso de trabajo y al consumo de energía. Reducir la duración de la existencia de la mercancía humana y de la mercancía máquina. En la Boy- Machine las intensidades son cero. La transformación de la máquina industrial en objeto del delirio. La Máquina- Boy funciona como la máquina milagrosa, la máquina estatal, la máquina surrealista, la máquina esquizofrénica, la máquina de disección del cuerpo humano, el paraguas rojo y el sombrero hongo. (…) Boy With está sobredimensionado de miembros, cabeza y cuerpo desmesurados, como su entendimiento paciente, que monta las piezas de la máquina de antiproducción. La antiproducción injerta al joven adolescente a las piezas de la máquina. La crisis capitalista es una máquina de antiproducción injertada a masas de dinero depreciadas. La antiproducción industrial ha injertando la subjetividad irracional en la objetividad de la máquina esclerótica de la crisis. El no saber ya está en la máquina. El saber intelectual socrático de la Virtud se agota en el “no operativo” de la improductividad de la maquina. La obsolescencia introduce los términos de la improductividad creciente por unidad de tiempo constante. El porvenir de las clases sociales poseedoras será acumulaciones de dinero, con poder adquisitivo decreciente, que sólo será garantizado mediante las estructuras ideológicas paranoicas. La transición patrimonial de las generaciones de poseedores no estará garantizada por la ignorancia y el miedo, adosados a la máquina productora de dinero. Las organizaciones económicas empresariales y estatales derivan a bajos rendimientos, incesantemente decrecientes, en obsoletas máquinas de reproducción material y mental. Afasia en las espirales de los signos simbólicos del poder y contrapoder de gobernantes y gobernados. Tiranía, timocracia, y demagogia. Lugares ideológicos deshabitados, donde sólo existen espirales de significantes hambrientos. Solipsismo de las masas marginales a las transgresiones sociales, asociadas al cálculo de ventajas y desventajas, del diferencial hedonista de placer y dolor. Las Máquina-Boy se montan con las piezas de desecho de la máquina social productiva. Arrojadas a las hendiduras de los estancamientos económicos globales. Las Máquinas- Boy, esquizofrénicas, una entidad reductora de la voluntad de dominio, de las fuerzas reactivas de la barbarie, del tiempo mecánico, del sinsentido de la historia colectiva e individual. Las combinaciones de capital fijo y trabajo de las máquinas- Boy están en relación indirecta a la tecnología positivista de la biología cerebral. A mayores cantidades de trabajo humano mayor huida psíquica a un submundo de cosas carentes de valor de mercado. El límite absoluto de la Máquina-Boy será convertir en cero las cantidades de trabajo útil que incorpora a la producción de mercancías. Cantidades decrecientes de utilidad y cambio de la Máquina-Boy, junto a mercancías sin precio. Las Máquinas-Boy, montajes heteróclitos de residuos nucleares, alas de mariposas, archivadores policiales, espasmos rutinarios de la muerte, los desafectos del trabajo-inhumano. Las Máquinas-Boy son disyuntivas. Son máquinas de partículas gramaticales disyuntivas, (Ahora…Ahora, Bien…Bien, O…O). Máquina- Boy de una fase, de dos fases, de tres fases. Disyunciones inertes de acciones sin finalidad. El momento actual de la historia se marca en las disyunciones de la negatividad y la aleatoriedad de la fuerza reactiva dominante de las minorías jerarquizadas. Las Máquinas- Boy incesantemente funcionando en la improductividad de los delirios disyuntivos. (Ahora…Ahora, Bien…Bien, O…O.) Ahora la máquina-caos de Buster Keaton, ahora la máquina- Charles Chaplin de Tiempos Modernos. O bien esto o bien aquello. Las disyunciones de la Naturaleza, las disyunciones de las máquinas sociales del siglo XXI. Ellas son máquinas de frecuencias alternativas: (Ya…Ya).

miércoles, 12 de agosto de 2009

En los ojos del buey ( y 5)

El ser natural humano nace en la naturaleza y en la historia. La historia es un modo de producir la realidad material e ideológica a través de la actividad humana genérica. El hombre es un ser activo, sensible, objetivo, pero también un ser que se apropia la irrealidad. Su doble naturaleza, natural y humana, lo desdobla en la pasión del autoengaño, de volverse un ser imaginario en la obediencia a lo usual establecido. Su ser y hacer desdoblan su existencia como un ser real objetivado y un ser irreal alienado. El terror a desaparecer es el motor ideológico del modo de manifestarse los individuos convertidos en cosas. La inseguridad convierte la esencia humana del trabajo en la esencia deshumanizada del terror. El individuo aterrorizado es un devenir imperativo de la precariedad, de sus límites físicos, económicos e ideológicos, de los que no puede escapar sin cambiar su individualidad en generalidad social. El individuo tiene que producir y apropiarse genéricamente de los objetos que sostienen su vida material y mental. No puede escapar de la muerte porque ella es un límite absoluto de lo natural. Los límites artificiales inhumanos están en la reproducción de un ser que requiere apropiarse de su objetividad, pero depende de la carencia como instrumento de dominio. Los rendimientos decrecientes del cuerpo y de la naturaleza introducen lo humano en la historia. Una de las consecuencias de los límites de la precariedad humana es la manipulación de la realidad con el pseudo-lenguaje. El lenguaje de la alienación, de la grieta lo inhumano en lo humano. El pseudo-lenguaje va recubriendo la realidad de travestismo cínico. Vehículo transmisor de las apariencias. El acatamiento del lenguaje burocratizado para tapar las continuidades de lo inhumano. Sobre la las exigencias de la pasión del individuo por su vida real se vierten los signos que por sí mismos sustituyen la pasión de la verdad como realidad. Cada época de la historia impone una jerga de acatamiento a las normas de dominio. Los signos marcan los cuerpos, los tatuajes con respecto a la seguridad/ inseguridad de quedar incluido/ excluido de la jerarquía de dominio/ marginalidad. La inhumanidad del no- ser hace a los hombres comediantes/ héroes, que se muestran sumisos a las normas de comportamiento reglados por la inhumanidad. Uno de los efectos de la mímesis de la inseguridad es la de ser aquello que se refleja en los actos imitativos de los que usan los gestos del poder. Sujetos en las simbolizaciones jerarquizadas: estar en las probables cantidades del tener/ no tener. Las marcas identificativas genealógicas. La cotidianidad de estar/ tener en adjunta seguridad de la inseguridad estatuida de la existencia. La jerga-metalenguaje -jerga de acatamiento a las expresiones verbales y corporales, que instrumentalmente valoran a los sujetos en las categorías de dominio.
El argot-tapadera de los pícaros del siglo XVI y XVII servía para encubrir su desclasamiento de la riqueza, su exasperada pobreza, en demostrativo blasón de la herética de la casticidad. El origen social turbio de la genealogía tenía que ser camuflado en los enredos del ser en lo que aparece. La delación era el ser de los que aparentaban. Juego social de los grupos de destrucción por el reconocimiento del origen impuro, de la enajenación religiosa o económica. Esta praxis del ser en el parecer se reproduce incesantemente como herencia de los que poseen sobre los desposeídos. No hay historia sin praxis clasificatoria. La expresión social del ser en el parecer adquiere su esencia en la inhumanidad del tener sobre el ser. Existir, porque se posee. El poder maquinal de la inhumanidad. Voluntad de dominio ideológico y económico como apropiación de la voluntad sometida. No se resuelve la contradicción en la pareja humanidad/inhumanidad. No hay un proceso histórico que concluya con la dicotomía. La inhumanidad sobre lo efímero del hombre. Lo efímero sujeto al ser natural, que padece la carencia a través de la inhumanidad. Esta radicalidad de lo efímero introduce el abismo alienante de la supervivencia sin humanidad.
Un desnivel mental, de este juego ideológico de supervivencia, está en decir aquello que se quiere oír en medida de los objetos ideales de la esperanza de dominio. El éxito está en lo habitual de las mentiras admitidas: mentir y simular es un modo de actitud interior y exterior del poder excluyente de cada época. Lo exterior está interiorizado.
Los pícaros eran calificados de gente astuta, disimulada, hipócrita, y maligna, en la medida que simulaban las mentiras sociales admitidas para asegurarse la sociabilidad. La picaresca fue la de los grupos de marginados que se querían adaptar a la inhumanidad del cambio del poder político y económico medieval a las formas del poder del Estado absolutista del siglo XVII. Las masas sociales de marginados campesinos fueron arrojadas del campo a las ciudades para asegurarse las cantidades de trabajo necesarias a la nueva productividad estatal de la producción mercantilista. Los metales precisos medían la productividad y el intercambio de la producción de la riqueza. Los valores de los metales precisos subían y bajaban en razón inversa a los valores de la producción de mercancías de intercambio. La inhumanidad se instalaba en el intercambio de la producción de mercancías y metales preciosos. La cantidad de metal-inhumano se expelía a la circulación internacional de mercancías-inhumanas. La cantidad de metal-inhumano medía la variabilidad de los precios de las mercancías-inhumanas en medios de producción y de subsistencias. La cantidad de alimentos que pertenecían al individuo equivalían al alimento que consumían los animales, o a la cantidad de agua de las máquinas hidráulicas. La inhumanidad es unidad de medida homogénea en los valores de uso de las mercancías y del argot-lenguaje. La depreciación del valor de los metales preciosos, por su abundancia en la circulación del dinero-mercancía, acrecentaba los precios en metal y la inhumanidad de la miseria de la población en valores de subsistencia y en el uso imperativo del lenguaje como coartada.
La miseria exasperaba la memoria de Lázaro de Tormes. En ella estaba la arqueología testimonial de la inhumanidad de su época histórica. La cantidad de alimentos consumidos estaba limitada por la hoguera inquisitorial, y los ahorcamientos en racimos de la población marginal. La picaresca fue el texto del ser en el parecer de los marginados al hambre y el ocultamiento ante la inhumanidad de los sectores sociales inhumanos, consumidores del excedente económico de objetos de lujo.
Las persecuciones contra las comunidades de hombres, que presentaban afinidades raciales, lingüísticas, religiosas o culturales, fueron exterminantes en un flujo temporal que llega al presente.
En la racionalidad de la esperanza, la historia de la ignominia causa un tremendo hastío y cansancio. La repetición de lo mismo cansa o embrutece. La historia como un retorno incesante de las fuerzas aniquiladoras de la humanidad, en su barbarie afirmativa de la propiedad privada del trabajo del ser humano y la apropiación de la propiedad privada real/ imaginaria de la naturaleza y de los instintos. La pareja Humano/Inhumano inmóvil en la temporalidad fluyente de la historia del lenguaje. El cansancio y el abandono de la organización de la radicalidad de los humano conlleva el crecimiento de la ignominia. La tipología totalitaria de las fuerzas reactivas prolonga el castigo expiativo de la culpa imaginaria. De aquí el hastío y el cansancio. Pero el desapego a la verdad, cansancio y hastío del ser humano, no deja la inhumanidad de la idolatría del poder, que exige la insistente anulación de lo humano, por la radical dependencia de éste de la Naturaleza y la Justicia humanizadas.

sábado, 1 de agosto de 2009

En los ojos del buey (4)

El hombres es un ser natural y social. Como ser natural está dotado de instintos y como ser social de las fuerzas marteriales y mentales de la colectividad. Es un ser natural, pues su existencia depende de las circunstancias exteriores que lo objetivan como ser real. Estas fuerzas naturales son sus instintos y las fuerza sociales son el grado de desarrollo y de organización de la producción y de la distribución de los bienes, que requiere la naturaleza natural y social del hombre. En cuanto ser natural está limitado por sus condiciones naturales y en cuanto a su ser social está limitado por el desarrollo de las capacidades represivas de la distribución del excedente económico y del saber por parte de una sociedad fragmentada por utilidad categorial del dominio. Sus condiciones existenciales objetivas están fuera de él. Los objetos de sus necesidades están fuera y debe producirlos para subsistir. Es un ser que sufre por estar separado, a través de la propiedad ajena, de los medios naturales y tecnológicos que reproducen su existencia. Las condiciones objetivas de la producción material y mental están asignadas a seres dominantes que se apropian de la existencia humana y de los medios para darle continuidad existencial. Los objetos de sus necesidades están fuera de él como objetos de Otros. El hombre manifiesta su actividad en los objetos exteriores, objetos independientes e imprescindibles para sus necesidades. Un ser que no tiene su naturaleza fuera de sí, que no tiene un objeto fuera de sí, no es un ser objetivo. Si no es objetivo es un no-ser. Para ser real necesita la realidad objetiva. Un ser que no se exterioriza para Otros no es una realidad fuera de sí. Un ser sin objetividad es un ser irreal. Es decir, puramente imaginario. Este estar necesariamente fuera de sí, lo convierte en un ser dependiente, paciente y revolucionario, que sufre las condiciones de su objetividad extraña y de su irrealidad organizativa. Por sus padecimientos es un ser apasionado. La pasión es una fuerza ambivalente hacia un objeto real y hacia un objeto imaginario. Duplicidad de la fuerza del ser viviente, que a la vez que es activa en un humanismo real es reactiva en el totalitarismo oligárquico de la propiedad y la violencia. Hay una voluntad dominante que se exterioriza afirmando las fuerzas reactivas totalitarias como negadoras del humanismo real. Las fuerzas reactivas totalitarias realizan la inhumanidad alienante. Mientras las fuerzas, que exteriorizan su actividad en el humanismo real, objetivan un hombre real, las fuerzas reactivas totalitarias estatuyen un hombre abstracto, imaginario, cuya exterioridad se vuelve abstracta. Este hombre irreal establece la coseidad, que es la apariencia de los objetos irreales para una conciencia abstracta. La coseidad niega la relación de la necesidad objetividad de un hombre real y afirma la relación de un hombre imaginario en un mundo imaginario. Entonces el objeto de la exterioridad humana es una negatividad para el padecimiento del ser real. El hombre se separa de su naturaleza humana para objetivarse en los objetos negativos de su naturaleza real negada. Desde su conciencia abstracta estatuye una conexión de necesidades sin objetos reales. Padece la pasión de la irrealidad. Incesantemente secuencia los actos de una máquina productora de objetos imaginarios, fluye la irrealidad que niega la necesidad del mundo objetivo. El hombre irreal saca de “sí mismo” los objetos de su pasión, como si sacara de un pozo un viento que vierte en los cangilones de una imaginaria práctica del mundo irreal. Este mundo imaginario expresa un objeto psíquicamente enfermo en su idealidad. Toda sociedad de jerarquía de dominio produce objetos irreales y a la vez produce un ser imaginario. Las sociedades jerárquicas producen señores y vasallos en los objetos alienantes de la negatividad de la naturaleza humana. La cultura social se sublima en la abstracción de la realidad. Las fuerzas sociales reales, que con su acción producen el resultado progresivo de la historia de una conciencia compleja y una capacidad creciente de producción tecnológica, son fraccionadas en categorías de sumisión hasta la individualidad extrema del animal abandonado a su extinción. La máquina social alienante reproduce las relaciones reales como relaciones imaginarias. La máquina de rendimientos crecientes enajenantes se perfecciona y multiplica en la improductividad política, económica e ideológica. Todas las estructuras sociales están desdobladas entre el hombre real y el hombre alienado. La kafkiana representación literaria del Sr K y el Castillo de los Señores descubre el movimiento de producción enajenante. Las fuerzas dominantes reactivas totalitarias se enmascaran en el disimulo y en la hipocresía. El hombre halla sus necesidades mediadas por la desposesión de su naturaleza real y de la voluntad creadora, que debería afirmar la alegría de existir. El ser alienado se niega a sí misma en la negatividad de los objetos exteriores, fetichizados en las sociedades capitalistas por la posesión del dinero y el patrimonio económico acumulado como capital de explotación. Con el crecimiento de las fuerzas reactivas totalitarias el individuo-enajenado se enfrenta enceguecido a su conciencia falsedad. Su pasión descubridora y organizativa tiene que revertir de una voluntad negadora de la realidad a una voluntad afirmadora de valores del humanismo real. Nadie se encuentra como ser genérico en la soledad del Único. La sintomatología de la ideología alienante de dominio es la conversión del hombre en una energía con precio de mercado y de valor de uso en la producción.
¿En qué momento de la existencia nos percatamos de que el pasado ha ido creciendo, en su enajenación, hasta el límite de que sólo vivimos en un presente que arrastra las largas sombras pretéritas de la irrealidad? Este momento revelador de la alienación proviene de la experiencia de pertenecer a Otro dominante, de la interpretación de las finalidades de dominio de los grupos dominantes. El tiempo existencial de la decadencia se manipula ideológicamente exaltando la irrealidad de la superación de la degradación material mediante la una acción militante contra la reflexión. Todo hombre percibe su pasado como una suma de situaciones ancladas en el proceso de llegar a ser. Pero hay un devenir alienado. Los clásicos griegos festejaban la purificación del pasado como un olvido elegido por los dioses. El hombre griego se proyectaba imaginariamente en la existencia de los dioses. El individuo actual se proyecta en un individuo que se aliena en la posibilidad de tener y de existir fuera del tiempo real. Quiere llegar a ser la representación de los valores de uso atribuibles por la sumisión esclavizante. La negatividad de la relación alienante, que debería transformarse en apercibimiento del ser real del hombre, queda recluida en los espacios psiquiátricos, en la interpretación apologética del mejor de los mundos posibles. La carencia de realidad es uno de los reactivos intensos de falsa moralidad, de la mala conciencia y del nihilismo totalitario: la voluntad de la Nada ante la actividad de la pasión humana por hacerse real. Los flujos imaginarios del se representativo del éxito de fuerzas de dominio sustituyen a los flujos descodificados de la rebelión. La necesidad humana real de no padecer la alienación de los objetos manipulados es negada por el tener imaginarios derechos jurídicos en los objetos de las necesidades del hombre. Para alejarse del pasado alienado hay que poseer la fuerza afirmativa de una voluntad de verdad en la esencia de la humanidad real. Esta fuerza psíquica de la voluntad de verdad tendría la finalidad sustituir el devenir alienante por devenir humano real. El hombre que quiere la verdad entra en el agua del río de la historia para cambiar su curso. En los reflejos del río queda la voluntad nihilista. Aquí la existencia reduce el presente a un instante en el que fluye la pasión de la temporalidad de la existencia. La irrealidad se queda sin espejos. El ojo humano es el ojo que observa la realidad genérica del hombre como un ser en el mundo de la verdad y la necesidad sensorial. Si el instante del presente queda alienado, entonces no habría ni pasado ni futuro. No habría movimiento de la historia. Todo es presente. El ser humano estaría dentro de la negación de la historia humana, manipulada, y de la expiación de la culpa imaginaria como un reactivo totalitario de las fuerzas dominantes de jerarquía de poder. Las aberturas, a un hombre, que debe negar su alienación para ser él mismo real en la naturaleza y en la sociedad, exigen que no quedasen taponadas las fuerzas sociales que hacen del individuo un ser genérico.
Píndaro escribía sus Odas para los instantes triunfales de los atletas convertidos en héroes. Era su bello empeño de que ellos no escapasen de la realidad en la desmemoria colectividad del pueblo griego. Eran las odas conmemorativas de la fuerza y la belleza del héroe, encabalgado sobre el entusiasmos heroico y la inmortalidad de los dioses sobre las sombras ciertas de los hombres. El héroe debía entrar en el instante del juego de los espejos y de sus imágenes mitológica La contemplación de la plenitud orgiástica estaba en los equilibrios de la racionalidad apolínea del culto al cuerpo y los efectos estimulantes de las drogas dionisiacas.
El presente alienante no se puede contemplar, porque se vive dentro de él. Para huir de él se requiere de la voluntad de verdad y la negación de la voluntad nihilista. El individuo alucinado es inconsciente a sus proyecciones imaginarias, a los objetos negativos, que le separan de la voluntad de la verdad. Su ser imaginario está cosido a su piel. La trascendía de la naturaleza y de la sociedad no habría de ser el ajuste de la irrealidad exterior con la necesidad del hombre deshumanizado. El espíritu universal de los mitos manifiesta una cultura falseada. La inmortalidad del mito y de dios es igual a la representación inversa de la mortalidad del hombre. En las superficies metafísicas, de los intercambios de los objetos alienados y las necesidades del hombre irreal, se dan los flujos codificados del individuo irreal. La pasión humana por la realidad objetiva está mediada por la organización general para participar en la riqueza de la humanidad. La atribución de recursos sociales a través de la propiedad de Unos es una máquina obsoleta e improductiva a la sociedad. El dios de los muertos, Hades, estaba recluido en los espacios de la enajenación de la verdad humana. Hades era el dios de los hombres convertidos en sombras. Un anciano barquero, Caronte, acompañaba el alma de los muertos a través del agua. El flujo del agua de la vida se detenía como el final del devenir humano real. Heráclito ancló el ser al devenir físico, sustantividad cosmológica de la naturaleza y de la historia. En este flujo del devenir del tiempo, los hombres no podían sumergirse dos veces en el agua de la historia. El devenir no admitía retorno. Pues al final del devenir sólo había las sombras en ocaso continuo. La muerte no estaba separada de la realidad. Nadie podía bañarse dos veces en el mismo río del devenir finalista y conservar la identidad. No había duplicidad en el devenir que fluye hacia su final. El presente era un instante unido al pasado y al futuro. Si el instante del presente quedase fijado, a un momento del flujo, entonces no habría pasado ni futuro. Tal vez por esta causa, el individuo era manipulado para alargar su presencia enajenante. Pero de la duración imaginaria del presente fluye la antagónica la claridad de la experiencia de haber vivido. Quien ha vivido no puede bañarse dos veces en la pasión de una voluntad que quiere los objetos imaginarios. La pasión no es un flujo en el devenir finalista. El palacio del dios Hades era un espacio sin tiempo. Un espacio sitiado por la ausencia del dios de la continuidad del tiempo. El sujeto, de la pasión y de la historia, estaba dentro del devenir finalista. Lo finito humano y el devenir finalista se ayuntaban a un tiempo físico fluyente. En ese espacio sitiado por la ausencia del tiempo, no había fuerzas diferenciales que dieran plasticidad a la voluntad. Fuera del tiempo sólo había sombras. La genealogía de las sombras en la desmemoria de un haber sido. La ausencia de la mente y el cuerpo en una ciudadela conclusiva de la historia. Allí no había creatividad de la pasión que se objetivase en la realidad. La racionalidad carecía del sujeto pensante, nada exterior le obligaba a salir de sí mismo. El haber sido evitaba el asalto de la pasión. Sólo Orfeo quiso superar el dolor de la ausencia, que infiere la muerte. Su mujer Eurídice sufrió la picadura de una víbora y murió. La voluntad de vivir empujó a Orfeo a ir al mundo subterráneo para buscarla y llevarla otra vez al mundo de los vivos. Hades, el soberano del reino subterráneo, quedó tan conmovido por su música que le devolvió a Eurídice, con la condición de que él no volviera la cabeza hacia atrás mientras regresaban al mundo de los vivos. Orfeo no pudo dominar su ansiedad, y cuando alcanzó la luz del día giró la cabeza, por lo que Eurídice se desvaneció. Salir del espacio de los muertos impide volver la cabeza atrás para averiguar quién llega detrás. Los fantasmas de la alienación desaparecen en la mirada del hombre real. Eurídice era una sombra que no podía superar la mirada de la verdad de su no-ser.
La negatividad del objeto amado era la incertidumbre del destino de Orfeo. Las asimetrías reguladores de la razón retienen las fuerzas de los valores negativos de las máscaras y la impiedad. Nadie se baña dos veces en el río del devenir ni nadie sale de las sombras del Hades. El Ser del devenir se obstruye en el finalismo de lo múltiple en el Todo. El devenir finalista del Ser llegaba en lo Uno. En un no-ser de la Totalidad. El individuo se reiniciaba en el Todo cosmológico. Su vida no se realizaba como una voluntad que va impregnándose de sentido ético en el devenir de la historia. La inmortalidad no era inmanente al hombre, y por eso pertenecía al devenir de la extinción de los dioses. La vida entonces sería la voluntad de querer y la alegría del Ser en su devenir de ser real. Todo ser vivo es la pasión de existir. Un presente de fuerzas del humanismo real y fuerzas reactivas totalitarias, cuyo diferencial de fuerza humana real sería la creatividad y la alegría. La existencia se alumbra con la voluntad que quiere para sí el presente real. Pero no existir es la voluntad diferencial de las fuerzas sociales, en la continuidad real del humanismo, es alienar de los resultados de la historia. El azar de la historia está en las jerarquías de poder dominante y en la alienación de las fuerzas sociales dominadas. El azar de las jerarquías de dominio y su crueldad sobre hombre avasallado.
Al igual que el jugador alienado no recuerda la partida que jugó, y esto le permite volver a jugar sin memoria, entonces su apuesta real es la de permanecer dentro del tiempo a pesar del azar y el devenir que lo acompaña. Durar en un azar individual en el azar del Todo. Repetir la jugada para continuar en el tiempo. La repetición del la vida ante el olvido. Sólo se quiere la voluntad iniciática del jugador: jugar y olvidar. Sobrepasar al destino en la voluntad aleatoria que afirma la voluntad de mentir. La repetición del juego, en presencia del azar, que esconde lo imprevisible. La voluntad del que juega implica la racionalidad organizada contra los falseamientos de la irrealidad. La probabilidad de certeza del jugador es la repetición del ser en un retorno incesante del azar. El jugador repite el acto de jugar buscando el retorno de la alegría del afortunado. Otra vez el retorno de Eurídice al mundo con la condición de que Orfeo no volviera la cabeza hacia atrás mientras regresaban al mundo de los vivos. En la jugada de Orfeo entraba el retorno de la vida y su incertidumbre, por eso no se atuvo a la advertencia mítica del mandato de Hades. Cuando alcanzó el azar del día, giró la cabeza por lo que Eurídice se desvaneció. Salir del espacio del azar y de la suerte impide poseer la memoria de las partidas perdidas. La alienación tiene sus movimientos mecánicos en la esencia del hombre irreal. Eurídice era una sombra que no podía superar la mirada de la verdad de su no-ser. Pero si la esencia humana está formada por las circunstancias alienadas, será necesario determinar las circunstancias humanamente. Si las circunstancias que determinan el ser del hombre están alienadas, la esencia humana está separada de sus raíces sociales humanizadas y por tanto el hombre resulta irreal. Si el hombre es social, desarrollará su verdadera naturaleza en la sociedad como un movimiento histórico de humanización. Si el hombres es un ser irreal, desarrollará una naturaleza antisocial en una sociedad manipulada por la ideología. Todo hombre irreal quiere apoderarse de las formas de dominio, poder y riqueza, para irrealizar la sociedad. Se atribuye los valores materiales del poder y de la fuerza para significar el sentido alienante de la sociedad. La necesidad humanizada está en el poder humanizador de la sociedad. La necesidad deshumanizada está en el poder inhumano de la sociedad. Pero existir en la sociedad no se concreta en una voluntad, que aliena su esencia humana en las circunstancias sociales colectivas, mediadas por la fatalidad necesaria de una voluntad jerárquica de poder, que se apropia del progreso y de la Razón. El movimiento de la historia no es una máquina metafísica que produce, por ella misma, la esencia humana. El movimiento de la historia de la sociedad no es de una voluntad metafísica desposeída de la realidad exterior, sino la necesidad social que se objetiva en la práctica de producir una realidad donde el hombre real toma sus sensaciones y sus conocimientos Su existencia viviente son las relaciones humanas de la sociedad. La esencia humana está formada por las circunstancias y ellas habrán de determinase colectivamente. La voluntad diferencial de las fuerzas sociales dominantes y dominadas, en los conflictos sociales de poder del ser real, son los resultados de la historia. Interpretar como un destino la reactividad totalitaria de las jerarquías es desconocer la capacidad de organización del poder dominante y de su necesidad de negación de la existencia colectiva humanizada. El mito de Orfeo y Eurídice es el de redimirse de la muerte ante las fuerzas jerárquicas de dominio inhumano. El mito órfico escudriña la rebelión ante la injusticia en la oscuridad del Hades.

sábado, 18 de julio de 2009

En los ojos del buey (3)

No es posible trascender la naturaleza y la historia para situarse en una subjetividad infinita. Ante un individuo que es sólo historia, la subjetividad existencial kierkegaardiana salta, en la paradoja del pensamiento, a la superación de la Nada por la angustia. La angustia kierkegaardiana de la caída en el pecado y en la incertidumbre de la gracia. El individuo está siempre en la mirada ausente de su trascendencia. Su precariedad de ser en el tiempo de compromiso descubre de su destino. Su angustia es la tijera que corta el tejido de la relación con los Otros y le abisma en la inteligibilidad de las fases en que se concreta la marcha del Espíritu Universal hegeliano. Se entra en la angustia de la responsabilidad y en el compromiso de la historia. Pero el compromiso son los otros y con ellos entra la historia. El hombre actual está siempre en la situación del riesgo de los Otros. La naturaleza finita de su biología, economía y lenguaje le arrojan a la finitud y subjetividad de la responsabilidad. La indiferencia a los demás sería desapego propio de las circunstancias que lo determinan. Quien se desapega es como si se hubiese desprendido de su sociabilidad. Al igual que un resorte que empujase hacia delante, el individuo habrá de decidir o hacer algo para hallarse frente a su compromiso como sujeto inteligible y finito, que define su situación en la mundanidad del conflicto y salvación. Como sujeto, que piensa su existencia, que debe superar su intrascendencia para postularse en la autenticidad de una participación en la comunidad de los fines universales kantianos de la moralidad. Esta situación de sujeto que piensa, pero a la vez, siente la angustia de su soledad y la trascendencia de sus actos, le convierte en alguien que se compromete bien en la historia bien en la mística. Se obliga a comprometer con una situación existencial que lo desborda en sus exigencias de verdad o falseamiento. Si llega a la actividad de la mundanidad, en un deslizamiento de la indiferencia, hará de sus vinculaciones humanas unas ilaciones entre cosas. Se habrá vaciado de su trascendencia en los escondrijos de la astucia mimética de la voluntad de jerarquía. Cumplirá el destino de Otro. Será un sujeto pasivo en la conflictividad de la reacción y afirmación de la arquitectura metafísica del poder. El poder extraño le dará plasticidad al sinsentido de su existencia inauténtica. James Ensor (1860-1949), pintor belga, cuyos retratos ofrecen una visión grotesca de la humanidad, le convirtieron en el principal precursor del sinsentido de la mundanidad del siglo XX. En sus máscaras grotescas, el hombre y la muerte están expresan la angustia existencial del simbolismo medieval de Bosch y de Brueghel el viejo. La ceguedad de la esperanza. La pasión humana en lun doble grotesco de la muerte. Radicalmente el individuo está siempre con Otros, y participa con un ser no libre, que se introduce en las rendijas de la conformidad de lo finito. Cada vez es más insistente y vulgar el mensaje de desunir los dos cabos de la individualidad y la comunidad. El individuo se amodorra en su disimilitud para desagregarse de las circunstancias que lo apremian. El sujeto que atenaza la certidumbre de su no saber y su no hacer. No está trascendido por la comunidad. Se ha dado a una voluntad extraña. Obtiene a cambio la no beligerancia de las jerarquías de poder. Se esconde en el préstamo concedido de la indiferencia. No se haya trabado en el significado de su caída al mundo. El individuo existe para Otro dominante. Para huir de la dualidad del amo y del esclavo, el individuo no puede atarse a su sombra. La relación existencial, del sujeto del siglo XXI, está mediada por la democracia, la técnica y las fuerzas económicas. La historia de una sociedad que se reproduce como dominio lo envuelve en una malla de mediaciones que lo comprometen a definirse en un proyecto irracionalista, político y económico. Al igual que las figuras alegóricas medievales, obsesionadas con la muerte, se acerca a la temporalidad para dejarse particularizar en la propiedad de Otro para un presente inequívocamente ajeno. A los muertos de los pobres de la ciudad de Detroit, los envuelven en un saco de plástico y los dejan expuestos indefinidamene a los servicios del municipio. No tienen dinero para pagar los gastos del entierro. No tienen capacidad para apropiarse del finalismo oscurecedor de la existencia de los familiares. Su herencia del mundo se concreta en la indiferencia. Se señalan a sí mismos en las máscaras equívocas de sus subsidios de desempleo. La peste de la crisis económica arroja a los pobres a las fosas comunes y a la hipocresía de la comunidad. El caballero medieval observaba de reojo a la muerte caminando a su lado. Rezaba con fervor por su salvación. Era un individuo solitario, debatiendo la duración de su existencia ante el azar. La coeternidad del caballero con la estrategia de los jugadores de una partida de ajedrez. Todo individuo se adhiere a las fabulaciones de la vida como acertijo. En la extrañeza de la coexistencia estampillada está la aventura existencial. Su ser está en el mundo con la nítida experiencia de su dependencia ajena, sea de la Naturaleza o de la historia de las fuerzas dominantes. No cesa de caminar buscando un lugar de descanso a su cansancio. No suele encontrarlo. El individuo actual cada vez más es un viajero ocasional en las terminales de los aeropuertos. Esperan "despegar" ante una situación insostenible. A su alrededor están los sujetos que se amontonan en la ceguedad de un destino coexistente a la incertidumbre económica y emocional. Como Orfeo caminan, por los paisajes de amor y sombras infernales, en los paisajes de las urbes. en los espacios donde sólo habita el olvido. Las dudas pascalianas de la apuesta por la existencia de la felicidad eterna lo encogen en un sueño desvelado sobre la contingencia de su futuro. Es un ser sin historia. Camina fatigado sin camino. El dolor se simula a la esperanza de la oportunidad ciega, que debe llegar como la lluvia de otoño. El aliento cansino entibia la esperanza. Los maniquíes fascinan por su indiferencia a la mirada del Otro. Les falta la historia de la vida. Dentro de los escenarios-escaparates se detiene la somnolencia de imágenes publicitarias, revestidas de desmemoria. Están ahí, pero no transitarán sobre las huellas de la memoria. Sin pasado la existencia se prende a las luces publicitarias de la ausencia. A pesar de la fatiga, el viajero anda en la soledad de su precariedad en las desventuras migratorias de los desafortunados. La necesidad de la supervivencia empuja y detrás de ella están las cabriolas de Chaplin en Tiempos Modernos. El hombre y la máquina en la angustia de vivir para la caducidad y la obsolescencia. La trayectoria de vivirse alejándose del tiempo presente. Viaje al fin de la historia y de la angustia.En los ojos del buey ha llegado el mediodia.

sábado, 11 de julio de 2009

En los ojos del buey (2)

Hay un cuadro pintado por Pablo Picasso: “El niño enfermo” de 1903,una obra centrada en período azul en París a fines de 1901. El tema del cuadro es el de una madre, casi adolescente, que apoya la parte derecha de su cara en el lado izquierdo de la cabeza de su hijo. El niño, de ojos expresivos, quedamente fijos, abiertos a la necesidad, formalmente fijado a la diagonal derecha de la composición. La mano de la madre protectora, defendiendo del frió al niño, sus dedos grandes lo cubren y a la vez establecen la decisión de una voluntad sumida en la defensa de la vida ante la agresividad exterior. Ambos están envueltos en el ropaje tenso. La mano de la joven madre aprieta el lazo de la toquilla para proteger al niño del frío. La toquilla y la mano envuelven la cabeza del niño, pero descubren vehemente las facciones. En exterior de la pintura, la inhumanidad anónima, que debe pasar por delante, depositando la indiferencia de las miradas extrañas, que los determinan como objetos exteriores. Los ojos de los Otros ajenos, cedidos del infortunio de sus proyectos fracasados, cargados con la sumisión del vasallaje del salario, con la sumisión al azar de la comodidad. Tanto la mirada del niño como de la madre joven se dirigen hacia un espectador delante del lienzo, escondido, que los contempla. No importa quién sea el espectador del cuadro, el cuadro es un espejo que refleja los espectadores que nunca se ven. Somos nosotros.La expresión plástica de una situación ausente. Habrá múltiples asistentes, que se detengan delante del cuadro. Los concurrentes de la historia visual del cuadro, que habrán de estar delante de esta joven madre que protege la vida de su hijo. Al igual que las madres de los etíopes protegiendo la agonía de sus hijos. El público del cuadro es a la vez espejo que refleja la realidad exterior. El visitante ocasional será un testigo de la intemporalidad del cuadro. Los individuos son testigos de su tiempo, sin llegar a penetrar en el significado de su propia autenticidad, ante el peligro de la necesidad ajena que los implica. El presente se engancha mediato a la urgencia del olvido. Seres de instante presente, al igual que animales angustiados que se acercan a la incertidumbre del proyecto humano, enrejado en su pasión momentánea. La mirada de la madre y del niño está en los ojos ciegos de los Otros, que los contemplan como objetos que transitan por un presente habitual. Los espectadores pasan delante de la escena distanciados de la fe. Hay en ellos, una conciencia que esconde la verdad bajo el pretexto de que el infierno está en todos. La mirada del niño se adormecerá con el calor corporal de la madre. Este cuadro de Pablo Picasso expresa plásticamente la precariedad de la supervivencia de la madre y el hijo en una sociedad que avanza a su destrucción. La pandemia del hambre y la enfermedad de la sociedad, que se clava en los seres desprotegidos y aislados. La madre muestra la resistencia de la vida heroica frente a la vida deshumanizada. Los cuadros renacentistas de la Virgen María joven con el niño están preñados de símbolos premonitorios que los fieles conocen. A su saber recóndito, le emociona el acompañamiento de la compasión ante el destino religioso prefijado por la redención. El sufrimiento de la Virgen María es símbolo de salvación para la pasión del espectador. En la maternidad del cuadro de Pablo Picasso no hay ningún simbolismo místico, por cuanto el sufrimiento no es redención posthistórica. Los modelos del cuadro se detienen en las coordenadas del infortunio de la existencia en un presente absoluto. Es un dolor sin posthistoria. Exclusivo sufrimiento incierto, incrustado en el presente que produce relaciones de dominio. La maternidad de Pablo Picasso es la soledad de la certidumbre del ser sumido en la desigualdad del nivel de supervivencia. ¿Qué espera la madre? El milagro de la protección al hijo. Está sola. Su soledad se llena de las posibilidades conjuntivas del compromiso moral de la sociedad. Pablo Picasso comprendió que el compromiso puede quedar en la soledad que devuelve la interioridad de la mirada. La penetración de la verdad histórica no libera a la madre ni al niño de las contingencias de su precariedad y abandono. Aún mueren millones de niños de hambre al día en el mundo. La vida del indigente está en el naufragio de la indiferencia. El cuadro está pintado en 1901 en París. Un momento en el París prebélico, de la sumisión del ser abandonado a la fragilidad de la muerte manipulada. En el envolvimiento protector de la madre al hijo está la totalidad de las condiciones objetivas del exterminio del año 1901 a 1918. El comienzo de un nuevo siglo que emboca la miseria urbana de los abandonados. La certidumbre del presente histórico determina la exterioridad fría de la existencia de la madre y del hijo. Su resistencia al mal se eleva, en las no miradas de los personajes, ante la temporalidad de un nuevo siglo, que trae los presagios del genocidio para los abandonados. La desesperación de los desheredados es el relato testimonial que la salvación no pende de la mirada de los Otros. El cuadro picassiano se abalanza sobre el espectador para exigirle las preguntas a las miradas de la indiferencia. Le pregunta si la sociedad de 1901 será capaz de racionalizar la necesidad de las masas sociales marginadas. Si se debilitará la represión de la fuerza del hambre y de la organización estatal autoritaria. En este comienzo de siglo XX se sabe que la voluntad de poder, de las fuerzas nacionalistas y militarista europeas, llevarán a las poblaciones hambrientas y abandonadas a la Primera Guerra Mundial. Integrarán a las masas de población en la desesperación de la manipulación nacionalista, a la escasez y a la inseguridad de las paranoias de las minorías partidarias de la jerarquía de dominio, que controlan el monopolio del poder del Estado como la fatalidad de la guerra.
“El niño enfermo” de Pablo Picasso es la obra pictórica de un artista que se compromete en la desesperación de la pobreza. El testimonio del cuadro es actual. Aún no se ha encontrado respuesta a la indigencia generalizada. El hambre y la enfermedad integran la continuidad de las masas sociales residuales. Ahora ya se conoce la ausencia del milagro y la ausencia definitiva del ser de la autenticidad por la mirada ajena. La universalidad de la indigencia no se acorta. El respeto por la vida ajena se establece en los esfuerzos de una minoría de absoluta entrega: la muerte y la vida de Ferrer atestiguan la voluntad de un grupo que salta del modelo asiático al modelo de producción científico para las masas de los parias atrapados en la casta. El proyecto de la vida por la producción de las condiciones objetivas no es una fábula obsoleta. No es una mirada, sino una praxis del conocimiento y la solidaridad. La maternidad picassiana es sobrecogedora en su ciega soledad. El cuadro persigue la mirada responsable del espectador. Está buscando el apoyo mutuo de la solidaridad. Lo que define al hombre como hombre es su capacidad de generalizar su humanidad como apoyo mutuo. El ser del hombre está en la solidaridad. Si la solidaridad no es general, no hay solución a la organización exterminativa de los indigentes asalariados o de los abandonados. No la caridad, sino la organización de la producción. El individuo debe estar dentro de la moral kantiana, que toma como fin incondicional la existencia libre y real del Otro. La madre adolescente del cuadro de Picasso sabe que su vida no depende de de ella. No es libre. La pobreza de su hijo la atenaza al imperativo de la mendicidad. Su necesidad es humana, y la situación de la sociedad inhumana. Ella expresa la precisión de las desigualdades provenientes de una sociedad, interpreta al individuo como a una máscara. Esta obra formalmente clásica nos lleva a la revelación del contenido desesperado de la pobreza. El pintor se siente tan conmovido, por esta situación de desamparo, que extrema la formalización de la belleza plástica. La utopía, la pasión de la juventud del pintor, quiere que la sociedad del inicio del siglo XX transite sobre la comprensión de la necesidad y la humanidad. La madre del niño enfermo está sola. La Primera Gran Guerra mundial debió llevárselos del mundo. El cuadro de Picasso los ha dejado en la plasticidad del arte, en la memoria de los cuadros que nos acompañan por las elecciones visuales. Un cuadro de presente inmediato que sitúa los modelos en una continuidad del dolor en la historia. La memoria de la historia trae la grafía de las situaciones pretéritas. El pasado trae la evocación de haber vivido. La memoria cuelga a nuestra espalda. El período azul del Picasso es un extremado compromiso del artista con la elección de los temas de la crueldad. En el cuadro del “Viejo hebreo” de 1903, está la premonición exterminativa de los guetos del siglo XX. Estos cuadros icónicos, que la conciencia guarda de las discontinuidades del amor y el tiempo, hacen del no ser del hombre en un ser que mora en el compromiso de la solidaridad.

sábado, 4 de julio de 2009

En los ojos del buey (1)

El flujo del tiempo va sedimentado el sinsentido de los acontecimientos sociales pretéritos. Para la fenomenología filosófica las cosas tienen que ser separadas de ellas mismas, puestas entre paréntesis para hallar su sentido en construcciones imperativas de la reflexión. Al tiempo de la historia hay que insuflarle una memoria con el fuelle intencional de la conciencia lúcida. Ahora hay un tiempo histórico sin memoria ni culpabilidad. En las reflexiones de Dostoievski se puede hallar el camino infernal del fracaso del albedrío como el origen de todas las perversiones de lo demoniaco. El pensamiento angustiado de Dostoievski es una descripción de la intencionalidad de una conciencia, que sustituye la responsabilidad de los actos del individuo reflexivo por el mal metafísico de un individuo ausente de la mirada de Dios y luego por la relación inerte, de esta ausencia, entre culpa y redención. La reflexión del individuo es el juego inútil de lo demoniaco en un sujeto que al final espera ser redimido de su culpa. Pero la culpa metafísica es la sensación de la nada en una reflexión inútil. No hay memoria en el presente radical de la culpa y la redención. El presente es el instante de la conversión trascendente. En los ojos del buey sólo está el surco que tiene que abrir. Se agobia con un destino a cuyo extremo está la fatiga definitiva. No espera. No tiene futuro. Sólo tira del arado para abrir el surco entre las piedras y la tierra seca. En los ojos del buey no hay ni culpa ni redención. Carece de conciencia para establecer una relación metafísica entre la reflexión, el pecado y la redención. Tira del arado y del hambre del campesino. El tejido entreverado de tiempo pasado no persiste en su presente. La astucia de la desmemoria individual es alcanzar la inutilidad del pasado. En un proceso de cambio el individuo se transforma, se vuelve intensamente anónimo, para carecer de la responsabilidad del pasado. La memoria manifiesta la praxis de habitar y deshabitar en las relaciones sociales como un compromiso de lo humano. El tiempo histórico fluye por las rendijas asfixiantes de los respiraderos del metropolitano en la caída de la Unión soviética. Los niños sacando las manos por ellas para implorar su salvación a la condición humana de la responsabilidad y la culpa. Si la ventana de la historia se abre, ahora entra una luz otoñal. Es una época histórica estancada. Esta luz otoñal se queda en los medicamentos depresivos de la desmemoria. Ella libera de la culpa interiorizada, del acierto o desacierto de conocerse culpable, en el miedo de los espacios infinitos pascalianos. La paradoja pascaliana de hacer del hombre mitad ángel y mitad bestia. Siempre ángel y siempre bestia. Un hombre carente de un porvenir histórico y cargado como el buey del porvenir metafísico de la apuesta sobre la existencia de Dios. Una puesta de salvación ante la Nada. La apuesta es un no y sí, a la vez. La paradoja de todo individuo que calcula su destino en la reflexión de los espacios infinitos de la física cartesiana. La sociedad se deja caer en la desmemoria de sus sentimientos de finitud. Sólo tiene tiempo para sobrevivir en las leyes económicas de la formación de ofertas y demandas, acumulaciones del capital e incrementos de productividad, de la contraposición entre la superproducción de valores de uso, al nivel de la crisis, y el subconsumo de las masas sociales a precios de mercado monopolista. La contradicción entre la riqueza de la producción y la marginalidad de las masas sociales a niveles de ingresos bajos. El sueño del delirio metafísico de las masas monetarias lanzadas al mercado financiero está cubierto de soluciones retóricas, de tasas de interés para masas monetarias-papel, en circulación, sin oportunidades de inversión ni de creación de empleo. El sueño aprehensible de los mecanismos de producción de dinero metafísico, se adhiere al simbolismo de la matematización de la causalidad de los fenómenos mensurables. Las leyes matemáticas de las correlaciones fenomenales. Este gran vacío de la precariedad del individuo perdido en los enlaces de la necesidad y el dinero. Francis Bacon (1909-1992) es el pintor del vacío deshumanizador, que padece el miedo interiorizado de una época que transcurre por los pasajes innominados de dos guerras mundiales, la guerra fría y la formación de los imperios financieros. Francis Bacon siente el delirio del miedo. El miedo del individuo, en la angustia metafísica de explicar la soledad del amante y de sujeto amado. Apartándose del mundo, Francis Bacon reinicia una incesante marginalidad del monólogo plástico, que rehace la relación de la orfandad y el amor, del dolor físico de la finitud de la experiencia amatoria. Las figuras tumbadas de Francis Bacon están en un laberinto de espejos deformantes. El gran vacío de la realidad social, precariedad de la existencia marginal, deformación plástica de los personajes de Francis Bacon, que los rehace, los despedaza para atribuirles otra objetividad. La duda y el alcohol desnudan la coherencia y ciegan la certidumbre de la culpabilidad, que desencadena la oscuridad de lo inhumano. Igual que el Gran Topo kafkiano, la incertidumbre se abre para adquirir la generalidad de la alienación y del orden autoritario de jerarquía. Los modelos de Francis Bacon implican la destrucción física y psicológica del individuo atrapado en el juego de los espejos. El espacio se estrecha y el tiempo se abre amarillo como un girasol. El individuo se inmoviliza en la desmemoria. Su cuerpo se esconde en la uniformidad anónima de las habitaciones de pensión, que se fijan al cuerpo desnudo, sobre una mesa de cristal, en un espacio y tiempo irreales. Las percepciones del delirio alcohólico que se revelan en las deformaciones de las manchas de humedad de las paredes sórdidas. El alcohólico se aparta de la realidad para padecer la opacidad del sufrimiento. El tiempo se sujeta a la incoherencia explicativa de la finalidad irracional, del límite absurdo de la esencia del tiempo en el mundo transgredido. El tiempo irreal se sostiene en el alojo del destino. Hay que soportar el espacio y el tiempo habituales. La soledad sin historia del individuo echado en las mesas de cristal. El naufragio de ser humano, a través de la transparencia que sobresale del tejido de la existencia. La vida es un ahí transitorio en la voluntad de Otro. La objetividad se destruye en la continuidad de rehacerse en el peligro de no ser. Se escapa al tiempo por la ventana ciega de la irracionalidad. No hay luz que envuelva la pasión de existir como en los dioses, que desconocían la fatalidad. No había arrepentimiento en la dicha de los dioses. Los dioses castigaban sin que la víctima supiera los motivos con los que se llega a la culpa. La existencia de la jerarquía de poder ignora la culpabilidad. Los dioses persiguen la belleza entre los reflejos alucinatorios de la redención de la culpabilidad. El grito sin la racionalidad de los fines, que se interioriza como desmemoria de la facultad de enlazar el lenguaje al sufrimiento. El hombre se queda en los significantes de su destino, y solo ante el significa angustiado del grito. Delante de la experiencia de lo vivido va pasando la gente anónima, las fechas solemnes, la medianoche, su hora fatal, los murmullos y los zureos, el devenir, de lo que uno verdaderamente resulta ser. Detrás de la simulación de lo inhumano hay alguien que respira fatigosamente. Se desconoce su identidad. Está ahí sólo para abrir la ventana de la historia. Habitarse es poseer la necesidad, el acompasado galope del compromiso de la pasión de estar en el mundo. El buey sigue tirando del arado. Pronto estará en el ocaso. En su mirada está el vacío de la finalidad.

viernes, 26 de junio de 2009

Deus Absconditus (y 5)

Las épocas históricas tienen un ideal de sí mismas. El bello ideal de su estatismo o de su dinamismo histórico. El bello ideal está unido a la jerarquía de poder económico y a las relaciones simbólicas que se sobreponen a las relaciones reales. El bello ideal proyecta lo real en lo imaginario. Bloquea la realidad. El simbolismo traslada las relaciones reales a las relaciones imaginarias. Un simbolismo encubridor es el de la jerarquía de poder de las clases sociales, económicamente dominantes por las clases manipuladoras de los órganos simbólicos del Estado. Los símbolos estéticos y ceremoniales encubren las relaciones de la clases que aún no ejercen el poder de dominio. El poder entonces se esconde en las formas imaginarias. Se ejerce desde ellas sobre las clases sociales dominadas. Se diría que la historia se lleva a término delante de un espejo que encubre los personajes emboscados. Entonces el espejo es la sociedad de los bellos ideales, de los imaginarios de las minorías sin dominio económico. Los símbolos prevalecen y perviven en la historia de las expresiones del arte y del lenguaje después de que hayan desaparecido los grupos que las formalizaron. Los arcaísmos de la ideología alcanzan su degradación mucho después de la degradación del modo de producción de la sociedad vigente. Las clases dominantes económicamente se entregan a las ceremonias simbólicas de las clases hereditarias operativas en la hegemonía del Estado. Chastellain, el historiado áulico de Felipe III el Bueno (de Borgoña) (1396-1467), duque de Borgoña (1419-1465), creador de uno de los más poderosos estados del siglo XV en Europa. Y de Carlos el Temerario (1433-1477), último duque de Borgoña, hijo de Felipe III el Bueno. Negó el poder de clase ascendente de la burguesía de Flandes por su deslumbramiento en las simbologías fastuosas de la corte borgoñona, negó el diacronismo de la burguesía ascendente en su ruptura con las categorías del consumo de lujo y las guerras que destruían la producción del capital burgués. Las relaciones del poder político de la corte aúlica sobredeterminaban la tendencia real de la historia. La burguesía tardaría siglos en poseer una operatoria simbólica para expresar la universalidad de su poder. Su ideología estaba atrasada en cuanto a su representación ceremonial, plástica, y literaria del individuo de su clase. Las categorías económicas son determinantes pero amoldadas a las categorías ideológicas. Las simbologías de un tirano se mantienen en sus sucesores. Las minorías dominantes trasladan la situación simbólica del período anterior. Las organizaciones apropiadoras de la riqueza se enmascaran en las formas pretéritas. Esto le da continuidad perfectiva al ejercicio del dominio. Los símbolos sustituyen a la realidad y esto implica que la realidad se vuelve invisible para los dominados. Encuentran su razón para existir en las formas de dominio de otros. Se percibe una verdad extraña. El nivel dominante ideológico inhibe la verdad de las relaciones sociales y de las relaciones simbólicas. Las disyuntivas de los ciclos de la civilización se conforman en la reproducción económica y en la reproducción simbólica. Las alternativas de progresión y regresión de la producción económica establecen correlativamente representaciones simbólicas imaginarias, progresivas y regresivas. Las máscaras que abandonan los antiguos actores las recogen los nuevos. Hay una inversión entre progresión de la producción de riqueza y las simbolizaciones que las recubren. Las alternativas de barbarie o ascensión, hacia el bello ideal, se articulan con la variabilidad de la estructura económica en el límite de su contradicción básica antagónica. Una clase social nunca deja el poder, sino que lo transfiere a la generación siguiente. El individuo dominado está sujeto a las idealizaciones coercitivas de supervivencia o caos. La memoria traumática es un transmisor de órdenes simbólicas imperativas y mecanizadas. La estructura ideológica no se alinea junto a la situación económica que la determina. Los simbolismos imaginarios tienen una función activa, como en la pasividad en las grandes religiones antiguas, de tal manera que la ideología de la mayor parte de los oprimidos es contraria a la situación económica. La gran pasividad de la situación presente tiene las características simbólicas de las grandes religiones antiguas. Las sobredeterminaciones de la estructura económica por la ideología conllevan una intensa acción represiva del simbolismo degradativo. Al lado de la riqueza está la marginalidad, alegoría del hombre atado a su sombra. La clase dominante convierte sus simbologías en agregativas y desagregativas de masas de población. Su ideología es la ideología general. El desarrollo de la voluntad imperativa es fuerza material y simbólica sobre los conjuntos agregados y desagregados. Las simbologías de dominio se afirman en su organización y en la desorganización de quienes las padecen. En los estados regresivos de civilización se abre un contexto económico y simbólico exterminativo de la racionalidad. Los grupos sociales triunfadores se oponen a cualquier dirección de la sociedad, que no acate la reproducción social, en conformidad a sus concepciones de los procesos formativos de la riqueza y de la ideología. Las jerarquías de fuerza son diferenciales de voluntad de poder del dominante sobre la voluntad del dominado. Las fuerzas activas sobre fuerzas reactivas. La voluntad de poder es un estar de las fuerzas de dominio, que exigen la afirmación de su existencia como finalidad universal, material e ideológica. En cualquier tiempo histórico de jerarquía de dominio, el presente está cerrado al cambio del modo de producción de la existencia y abierto a la repetición abrumadora del imaginario simbólico de dominio. El lenguaje manipulado angustia y apesadumbra en sus paradojas de perdurabilidad. Si las estructuras de dominio se han vuelto intemporales, entonces hay un Todo inerte. En el Todo inerte no hay un tiempo semejante a una línea, sino un tiempo en espiral. Si el capitalismo del siglo XIX dio origen a un individuo neurótico, que sustituía el instinto del placer por la vía satisfactoria de síntomas regresivo a fijaciones traumáticas. El individuo del siglo XX habrá de buscar las evasiones gregarias de las representaciones y sentimientos en las masas paranoicas. El individuo del siglo XXI se atrinchera en las formas evasivas de la memoria del instante. Se tiene la memoria del instante para no tener una continuidad en los flujos repetitivos de los ciclos simbólicos monetarios y en los ciclos de trabajo del excedente económico. Se vive sobreponiendo los ciclos salariales a los ciclos de ingresos y deudas. El dinero es un flujo de intercambio del tiempo de trabajo por el tiempo de la mercancía intercambiada. Es un medio de circulación. No la riqueza en sí, que son los valores de uso. Si disminuye la cantidad producida de valores de uso, los precios de los mismos suben porque el dinero se ha depreciado. El pantano de la liquidez financiera inflacionaria destruye las equivalencias de dinero y de riqueza. La destrucción del ciclo del trabajo-producción causa la destrucción del ciclo del dinero-compra. La represión insatisfactoria, del deseo de los valores de uso y de dinero, circula en los instantes evasivos de la sumisión, con respuestas simbolizadoras. Los individuos están desnudos en el zoo y contemplados por vigilantes La regularidad del miedo es una mística controladora de los actos de sumisión. El devenir sería llegar a ser una cosa. Retornar a las posiciones imaginarias del flujo temporal de la expiación por culpas simbólicas. La existencia coexiste con la culpa. El pasado se inmoviliza y no se resiste a una voluntad, que se extraña en su no ser. Se inhibe el instinto de estar en la inocencia del devenir. La vida, que se pierde, se hunde en los instantes inconscientes de sumisión. La utilidad del plegado sobre sí mismo facilita la permanencia del no ser en el devenir. La utilidad del pragmatismo es imperativa ante la voluntad inerte. Existir entonces es permanecer en los símbolos de jerarquía. La utilidad del plegamiento de la existencia establece la psicosis de la huida. La indiferencia, ante el horror de los conflictos sociales. Sería la situación de un sujeto que remansa su quietud en la supervivencia de la voluntad dominante. Mediante la negación, al mandato subordinante, se debe oponer una concepción del mundo progresiva. Si no es así, la voluntad ya no afirma la inocencia sobre la culpabilidad y la expiación de la mala conciencia, “de la culpa es mía”. Un ser implicado en su inocencia tiene que entregarse al devenir del flujo de la verdad sin símbolos opresivos. Salir del trabajo abstracto del productor de mercancías ajenas para llegar a un ser no mecanizado. Mientras su devenir social lo determine en un ser abstracto, el mundo se realiza en lo turbio del dominante. No tiene la certeza de estar desapropiado de la fuerza dominante. Está en un mundo que no le pertenece. Sus esfuerzos de integración en la realidad-devenir tropiezan con fuerzas ciegas. En un individuo atomizada en un mercado de mercancías y dinero anónimos. El flujo de su ser deriva en inseguridad ante pragmatismo de la culpa asumida y la expiación de la misma. Entonces no hay transparencia. Cuelga a su espalda la joroba de la culpa ajena, el arrepentimiento que se esconde en la irracionalidad. Quien tiene miedo, no quiere ver. Lo que se ve está dentro de la conciencia falseada y condiciona la arcilla reseca en sus quebraduras.
El tiempo de la inocencia, del juego del niño, no se amolda a la oscuridad de los símbolos opresivos. La inherencia del inocente compagina a circunstancias que resultan luminosas. Ellas no están ocultas y le pertenecen como atributos de su inocencia. Su adherencia a claror lo lleva a improvisadas combinaciones instintivas y a monólogos interiores sin responsabilidad. Son los flujos temporales que se integran en la estructura psíquica del niño que juega. Estar hecho de palabras con seres mitológicos. El carácter individual y colectivo llegar a ser cerrados cuando la inocencia de las palabras y de los actos son censurados hasta el dolor. La memoria del instante es una discontinuidad en los flujos repetitivos de los ciclos monetarios y los ciclos de trabajo sobrepuestos. La falta de inocencia sobrepone los ciclos de trabajo a los ciclos de ingresos. El dinero es una función de la variable independiente, cantidades de trabajo. No se está abierto a la voluntad perfectiva de un individuo abierto a la transparencia del inocente, porque sobre la frágil estructura mental se van depositando cargas traumáticas que inhiben la voluntad decisoria. La voluntad mecanizada es un símil tecnológico. El inconsciente mecanizado se mantiene en su no apropiación de la realidad. Si el inconsciente es una fuerza maquinal de momentos simbológicos de amor y olvido, se manifiesta en la culpa repetitiva y punitiva. Las percepciones del mundo simbólico exterior refuerzan las interiorizaciones acumulativas represivas. En el corazón de la oscuridad se combinan la no resistencia al sometimiento y las cargas psíquicas represoras. El problema filosófico esencial del individuo es discernir sobre el valor del sentido de su existencia inocente. No estar constreñido a realizar una estimativa de los valores simbólicos de culpabilidad, que mantienen una sociedad de arena contaminada. El acercamiento a la verdad estima el placer del juego inocente. La inocencia del juego alegre impera ante las situaciones de crisis individual y social. No hay existencias vacías, que floten permanentemente en las medusas de las percepciones desgraciadas. Los agregados de grandes conjuntos sociales simbólicos y económicos intervienen anulando el juego de la vida inocente. El individuo toma sus decisiones de libertad en una experiencia aislada, tal vez atrapado en la porosidad del devenir simbólico de la inexistencia, pero está obligado a tomarlas. ¡Cuántos símbolos se apoyan en nuestra espalda como una carga inútil agobiante! Símbolos de culpas y expiaciones en lo universal inelástico. La carga de la vida como un zurrón lleno de arena, que debemos alejar para no encontrarla el camino de vuelta. Estamos en el juego del niño sin culpa.