viernes, 18 de junio de 2010

Kafka: el procedimiento de la culpa indudable (2).

"¿Cómo la sentencia?-preguntó el explorador.
¿Tampoco eso sabe?-dijo el oficial asombrado, y se mordió los labios. (…) A una visita de semejante importancia ni siquiera se le ponga en conocimiento el carácter de nuestras sentencias, constituye también una insólita novedad, que…-Y con una maldición al borde de los labios se contuvo y prosiguió.- Yo no sabía nada, la culpa no es mía. De todos modos, yo soy la persona más capacitada para explicar nuestros procedimientos, ya que tengo en mi poder- y se palmeó el bolsillo superior-los respectivos diseños preparados por la propia mano de nuestro antiguo comandante.
“- ¿Los diseños del comandante mismo?- preguntó el explorador. ¿Reunía entonces todas las cualidades? ¿Era soldado, juez, constructor, químico y dibujante?
-Efectivamente- dijo el oficial asintiendo con una mirada impenetrable y lejana. (…) Nuestra sentencia no es aparentemente severa. Consiste en escribir sobre el cuerpo de este condenado, mediante la Rastra, la disposición que él mismo ha violado. Por ejemplo, las palabras inscritas sobre el cuerpo de este condenado- y el oficial señaló al individuo- serán: HONRA A TUS SUPERIORES.”
Para el oficial, la Rastra inscribe en el cuerpo del condenado una máxima universal para una voluntad de mandato universal. La máquina ejecutora y la memoria del comandante, su constructor, se han elevado al acto moral universal. La estima y el respecto a los superiores indica la ley de dependencia definitiva de individuos superiores sobre individuos inferiores. Como si hubiera un desarrollo evolutivo de la jerarquía de poder, el oficial traslada al presente la autoridad del Padre-Progenitor, y arrastra la historia inconscientemente a una prehistoria de deudores y acreedores, donde unos tienen una deuda que deben pagarla inexorablemente: La deuda que se interioriza en culpa y expiación. Las sociedades de la barbarie regresan a situaciones atávicas, en una inversión psíquica manipulada, hacia el origen en el que los deudores son marcados para que recuerden la relación definitiva entre acreedores y deudores. La deuda metafísica del castigo eterno. La máxima, coercitiva y atávica, de honrar a las jerarquías de acreedores se relaciona con la simbología del castigo por incumplimiento del pago concertado. La jerarquía punitiva que depende de la seguridad del tótem y la prohibición de destruirlo. El padre-tótem establece el régimen del tabú para dar continuidad a sus prerrogativas. Los hijos quedan sometidos al tabú. Concretan la existencia por las prohibiciones sancionadoras del padre. La historia de los hijos establece la necesidad del desplazamiento del Padre-Tótem de la vida real a la imaginaria de las ceremonias expiativas de la culpa. Franz Kafka conoce este desplazamiento del Padre-Tótem y el Hijo en la ceremonia expiativa de la Colonia Penitenciaria. Para Sigmund Freud, 1856-1939, el tótem se destruye por la acción violenta de los hijos. La historia muestra la destrucción del tabú para instaurar una jerarquía de los hijos, que elevan la existencia del padre al mito. El tótem sacrificado se sustituirá en los retornos mágicos de la obediencia ritual. El asesinato del padre arcaico, por los hijos, según Sigmund Freud, en Tótem y Tabú, establece que si el animal totémico es el padre, resultará que los dos mandamientos capitales del totemismo, las dos prescripciones tabú, que constituyen su nódulo, la prohibición de matar al tótem y la de realizar el coito con una mujer perteneciente al mismo tótem, coincidirán en contenido con los crímenes de Edipo, que mató a su padre y a su madre, y los deseos primitivos reprimidos por la prohibición, cuyo retorno o insuficiente represión formarán los estratos profundos de las enfermedades mentales: el nódulo de todas las neurosis. Pero la represión y la neurosis se subliman para dar inicio a la memoria histórica neurótica, a las deformaciones plásticas de la realidad psíquica en el delirio inconsciente. La sublimación se codifica punitivamente en los ceremoniales de la crueldad jerarquizada. Las codificaciones punitivas y las acciones de la memoria- mecanizada de las máquinas ejecutoras. La prohibición totémica se cuela en la estructura social por la jerarquización de los mandatos de obediencia y el correctivo sancionador de la desobediencia. La memoria-infantil del tabú se sublima en la cultura de la crueldad. En ella, el Padre-Tótem recupera la intensidad de la prohibición y penetra en la mitología de las máquinas superiores de la crueldad, cuya identidad es la carencia de olvido. La codificación operativa de la máquina acumula la deuda eterna y el castigo infinito. Las jerarquías se desplazan a los déspotas y a la unidad centralizadora del Estado-despótico. El Déspota-Dios se esconde oscureciendo la conciencia de los individuos. La culpa y el castigo se interiorizan en la ideología de la sumisión.
La máquina ejecutora kafkiana debe inscribir en el cuerpo del condenado: HONRA A LOS SUPERIORES. Los superiores salen de los límites de la horda primitiva para penetrar en la jerarquía de los supremos, de los excelentes, de los que carecen de sombras, de la horda de dioses y la multitud de sombras. La horda ilumina los códices sacros, la propiedad medieval de la tierra, la violencia del crimen, y la autoridad legisladora de las culpas, los castigos y su ejecución. De los rostros totémicos, proviene la luminosidad de los acreedores de la vida. La aristocracia de jerarquía sujeta al esclavo al castigo de perder la vida. Antes del cuerpo está el infinito de la culpa inscrita en la conciencia. La culpa es simultánea al hacer de la existencia. Su continuidad dura hasta la muerte. Por esto, la Rastra escribe la deuda infinita en el cuerpo del deudor. La dinastía Tudor inglesa marcaba con hierro candente, la “S” de Slave, esclavo, en la frente de los pobres expulsados de la tierra comunal, que huían de las persecuciones de la justicia real y de los ahorcamientos en racimos en los caminos reales. Las máquinas inquisitoriales de la fe y las máquinas reales: el hierro candente y las máquinas de estiramiento de los miembros hasta desencajarlos en gritos de fe dogmática. El oficial de la máquina ejecutora kafkiana asume la historia del terror para dar continuidad a la obediencia de la jerarquía del orden.
“El explorador miró rápidamente al condenado; en el momento en el que oficial lo señalaba, estaba cabizbajo y parecía prestar toda la atención de que sus oídos eran capaces para tratar de entender algo. Pero los movimientos de sus labios gruesos y apretados demostraban evidentemente que no entendía nada.
-¿Conoce su sentencia?
-No-dijo el oficial, tratando de proseguir inmediatamente con sus explicaciones, pero el explorador los interrumpió.
-¿No conoce su sentencia?
-No- replicó el oficial, callando un instante como para permitir que el explorador ampliara sus preguntas-.Sería inútil anunciársela. Ya la sabrá en carne propia. (…)
-Pero por lo menos ¿sabe que ha sido condenado?
-Tampoco-dijo el oficial, sonriendo como si espera que le hicieran otra pregunta extraordinaria.
-¿No?- dijo el explorador, y se pasó la mano por la frente-, entonces ¿el individuo tampoco sabe cómo fue conducida su defensa?
-No se le dio ninguna oportunidad de defenderse –dijo el oficial, y volvió la mirada, como hablando consigo mismo, para evitar al explorador la vergüenza de oír una explicación de cosas tan evidentes.
El oficial necesitaba describir el funcionamiento de la máquina-tótem al explorador. La descripción del aparato ejecutor, su comprensión, era necesaria para la continuidad de la misma.
“-Le explicaré como se desarrolla el proceso- dijo el oficial-. Yo he sido designado juez de la colonia penitenciaria. A pesar de mi juventud. Porque yo era el consejero del antiguo comandante en todas las cuestiones penales, y además conozco el aparato mejor que nadie. Mi principio es éste: la culpa es siempre indudable.” La culpa no admite duda. Es una marca que recae y se muestra sin necesidad de demostración que la confirme. Pertenece a los destinados padecerla.
“Usted desea que le explique este caso particular; es muy simple, como todos los demás. Un capitán presentó esta mañana la acusación de que este individuo, que ha sido designado criado suyo, y que duerme frente a puerta, se había dormido durante la guardia. En efecto, tiene la obligación de levantarse al sonar cada hora, y hacer la venia ante la puerta. (…) A noche el capitán quiso comprobar si su criado cumplía con su deber. Abrió la puerta exactamente a las dos, y lo encontró dormido en el suelo. Cogió la fusta, y le cruzó la cara. En vez de levantarse y suplicar perdón, el individuo se aferró a su superior por las piernas, lo sacudió diciendo: Arroja ese látigo, o te como vivo. Estas son las pruebas. El capitán vino a verme hace unas horas, tomé nota de su declaración y dicté inmediatamente la sentencia. (…) ¿Está todo aclarado? Pero el tiempo pasa y debería comenzar la ejecución y todavía no terminé de explicarle el aparato.” El principio de la culpa es siempre indudable pertenece a la actualidad de la crueldad. Actualmente la falta de derechos humanos, en las zonas degradadas y ocupadas de países sometidos, la aplicación de este principio de culpabilidad es una norma arbitraria y universal del terror.
“- Como usted ve la forma de la Rastra corresponde a la forma del cuerpo humano; aquí está la parte del torso, aquí estás las rastras para las piernas. Para la cabeza sólo hay esta agujita. ¿Le resulta claro? (…) Una vez que el hombre está acostado en la Cama, y ésta comienza a vibrar, La Rastra desciende sobre el cuerpo. Se regula automáticamente, de modo que apenas roza el cuerpo con la punta de las agujas; en cuanto se estable el contacto, la cinta de acero se convierte inmediatamente en una barra rígida. (…) La rastra parece trabajar uniformemente. Al vibrar, rasga con la punta de las agujas la superficie del cuerpo, estremecido a su vez por la Cama. Para permitir el desarrollo de la sentencia, la Rastra ha sido construida de vidrio. Y ahora cualquiera puede observar, a través del vidrio, cómo va tomando forma la inscripción sobre el cuerpo”.
El funcionamiento de la Rastra escribiendo el texto de la culpa sobre el dorso del condenado. El texto, inscrito en el cuerpo, se va ahondando durante doce horas. El desciframiento del texto, por individuo agonizante, lo percibe por sus heridas. Al final, la Rastra lo arroja al arroyo, donde cae en medio de la sangre, el agua y el algodón. El oficial anticipa el final victoriosamente. Luego hallará la agonía y la muerte al ser la víctima de la máquina.
“La sentencia se ha cumplido, y nosotros, yo y el soldado, lo enterramos”.
Franz Kafka escribe, sobre el genocidio industrializado, uno de los relatos apocalípticos supremos del siglo XX. Dice Kafka: “La injusticia del procedimiento y la inhumanidad de la ejecución eran indudables".

sábado, 5 de junio de 2010

Kafka: En la Colonia Penitenciaria ( 1).

Hay correlación necesaria entre realidad y ficción en la obra literaria de Franz Kafka. La novela corta de Franz Kafka,” la colonia Penitenciaria,” está escrita por los efectos de las relaciones sociales autodestructivas del poder jerárquico de dominio. La Primera Guerra Mundial basaba sus presupuestos de actuación en la reestructuración de un orden conservador durable en el dominio de una minoría oligárquica sobre las masas de población sometidas. Pretendía la resolución conservadora, en las contradicciones de poder, que introducían desigualdades y desequilibrios en las fuerzas que actuaban en los escenarios internacionales. Se prefería un orden belicista antes de someterse a una degradación en la organización de los Estados por categorías económicas y militares. La negatividad a un orden internacional desigual conllevaba a intolerancias y crueldades de medios y fines, con intenciones totalizadoras y devastadoras por un orden que exigía una nueva correspondencia de fuerzas actuantes en el escenario de la historia.
En la colonia penitenciaria, Franz Kafka revela las relaciones de dominio y sometimiento desde una situación particular a una general. Se dan en un lugar del plano de la historia excepcional y expresivo de la culpa y el castigo en actos de dominio. Las situaciones de violencia represiva provocan dos tipos de colonias penitenciarias. Las colonias penitenciarias interiores a la conciencia del individuo y las colonias penitenciaria exteriores. Las colonias penitenciarias interiores o psíquicas se conforman a través de traumas mentales, familiares y sociales autoritarios, interiorizados en culpas degradantes y expiaciones con síntomas sustitutivos. Las colonias penitenciarias exteriores concretan las decisiones políticas de los centros de poder y las represiones de una clase social dominante jerarquizada, y las expresiones de su poder absoluto.
Las colonias penitenciarias exteriores se instauran para mantener fuera de las luchas de clases a los revolucionarios, que buscan un orden social diferente. Se les deporta para cumplir el castigo y su anulación definitiva ante cualquier negación de las instituciones de dominio de la clase dirigente. Un rasgo básico expiativo, de las colonias exteriores, es la deportación de los condenados a regiones de los países colonizados por el Imperialismo del siglo XX.
La intencionalidad declarada, “En la colonia penitenciara”, es la de manifestar la correspondencia de culpa y expiación fuera de cualquier procedimiento legal y lógico. La anulación de los contenidos morales y la finalidad natural de conducir los actos humanos con el objetivo de la supervivencia más allá del orden político-metafísico, y las carencias naturales a las necesidades. La intención de que la conciencia del individuo se acople al mandato autoritario, la obediencia ciega, la crueldad fanatizada, la anulación de la cultura y la imposición de las simetrías punitivas de la culpa y el castigo. Llegar por el dolor hasta que la conciencia interiorice la culpa y la necesidad reparadora de su expiación. La sustitución de la culpa por el castigo: exclusivamente el castigo que domine la voluntad extraña al orden.
En el siglo XXI, las colonias penitenciarias se extienden a las regiones de la pobreza, países sometidos por la militarización de lo cotidiano y el control de los medios que permiten la subsistencia y reproducción de la población. La culpa y el castigo se vuelven masivos, y sobre ellos recae la exterminación.
Franz Kafka sitúa la acción de la novela en una colonia penitenciaria de un dominio tropical, en un territorio dominado y administrado por una potencia extranjera. El fatalismo, objetivo y apasionado de la novela, manifiesta el saber kafkiano de ver el estado de la crueldad absoluta en una colonia penitenciaria. La colonia penitenciaria kafkiana es una región recortada de la totalidad social del orden del siglo XX, donde las contradicciones se vuelven irreductibles a la síntesis de una concepción humanizadora. Franz Kafka inicia la narración escribiendo: “- Es un aparato singular-dijo el oficial al explorador, y contempló con cierta admiración el aparato, que le era tan conocido. El explorador parecía que había aceptado sólo por cortesía la invitación del comandante para presenciar la ejecución de un soldado condenado por desobediencia e insultos a sus superiores”.
La expiación de la culpa, en la colonia penitenciaria de Kafka, la lleva a un medio natural extremadamente agresivo y deshumanizador. En una descripción de medio natural, donde la novelística kafkiana confirma la desolación del individuo ante la precariedad finalista del hombre inscrito en los sentimientos desolados de su existencia ante la naturaleza y el destino social. Escribe Kafka: “En ese pequeño valle, profundo y arenoso, rodeado totalmente por riscos desnudos, sólo se encontraban, además del oficial y el explorador, el condenado, un hombre de boca grande y aspecto estúpido, de cabello y rostro descuidados, y un soldado, que sostenía la pesada cadena donde convergían las cadenitas que retenían al condenado por los tobillos y las muñecas, así como por el cuello, y que estaban unidas entre sí mediante cadenas secundarias.(…) De todos modos, el condenado tenía un aspecto tan caninamente sumiso, que al parecer hubieran podido permitirle correr en libertad por los riscos circundantes, para llamarlo con un simple silbido cuando llegara el tiempo de la ejecución.”
En este escenario de la colonia penitenciaria están implicados, en la irracionalidad del fatalismo, el oficial, el explorado, el condenado y el soldado, el aparato de ejecución y la memoria póstuma del comandante paranoico, que ha legislado y producido las condiciones de permanencia del castigo expiativo por medio de la máquina ejecutora. Los personajes habrán de dar la efectividad a la máquina-expiativa. El contexto de la novela da una concreción dramática, cerrada e impenetrable, a la razón natural y la voluntad moral. No hay porosidad en los conflictos inconciliables del poder y sumisión expiativa. De aquí, que Franz Kafka describa la obediencia del condenado de caninamente sumiso. En el espacio residual de la colonia penitenciaria, está instalado el aparato ejecutor y los actos de los personajes. La máquina ejecutora, que habrá de ocupar el centro unificador de las expresiones legales justificativas, verbales y corporales, en el imperativo máximo de mantener la anexión de culpa y castigo. Franz Kafka describe la causa del castigo, ejecución del condenado, por desobediencia e insultos a un superior jerárquico. Se relaciona la culpa con la disciplina a la jerarquía de mando. La indisciplina, que conlleva la pena de muerte, se corresponde a las normas de un estado de arbitrariedad y barbarie en la colonia penitenciaria. En la colonia penitenciaria hay un estado de normalidad extrema, ante la pena de muerte, para sostener el orden en la colonia penitenciaria. Hay una disciplina inhumana, en la conservación y el control efectivo del territorio extranjero militarmente ocupado. Para el oficial, que manipula la máquina ejecutora, la finalidad de supervivencia de la colonia está relacionada con la racionalidad unitiva de la penitencia y la máquina ejecutora. El deber de los residentes de la colonia está en no infringir los textos normativos y facilitar la legalidad de la condena con su indiferencia al proceso judicial. Los actos de ruptura con las normas determinan el castigo y la ejecución. Los actores, su culpa y expiación, están sometidos a la jerarquía de la eficiencia del aparato ejecutor, construido por el comandante extinto. La unidad del Todo de la colonia penitenciara se une al aparato ejecutor y a las normas. La máquina es la unificación del poder punitivo y la racionalidad eficiente de la tecnología. La máquina ejecutora da realización a las normas de culpa y expiación. La máquina es eficiente, en un proceso uniforme de relaciones de dominio y sometimiento, en la crueldad de la organización reactiva contra la negatividad que se opone al orden establecido. La máquina hiere, con sus agujas, el cuerpo del condenado y escribe, en sangre, el escrito de los motivos por los que se castiga. Escribe, en el cuerpo del condenado, la racionalidad legal de la norma. El texto de la culpa. La máquina ejecuta la condena en un cuerpo-texto, intensamente sujeto a los efectos de la conversión del hombre en una Cosa.
“Lástima que usted no haya conocido a nuestro antiguo comandante” Le dice el oficial al explorador. (…) Pero estoy divagando, y aquí está el aparato. Como usted ve, consta de tres partes. Con el correr del tiempo se generalizó la costumbre de designar a cada una de estas partes mediante una especie de sobrenombre popular. La inferior se llama la Cama, la de arriba el Diseñador, y esta, de en medio, la Rastra”.
“- Si la Rastra- dijo el oficial-, un nombre bien educado. Las agujas están colocadas en ella como los dientes de una rastra, y el conjunto funciona además como una rastra, aunque sólo en un lugar determinado, y con mucho arte. De todos modos, ya lo comprenderá mejor cuando se lo explique. Aquí sobre la cama se coloca al condenado. Primero le describiré el aparato, y después lo pondré en movimiento. Así podrá entenderlo mejor. Además, uno de los engranajes del Diseñador está muy gastado; chirría mucho cuando funciona, y apenas se entiende lo que uno habla; por desgracia, aquí es muy difícil conseguir piezas de repuesto. Bueno, esta es la Cama, como decíamos. Está totalmente cubierta por una capa de algodón en rama, pronto sabrá usted por qué. Sobre este algodón se coloca al condenado, boca abajo, naturalmente desnudo; aquí hay correas para sujetarle las manos, aquí para los pies, y aquí para el cuello. Aquí, a la cabecera de la Cama (donde el individuo, como ya le dije, es colocado primeramente boca abajo), esta pequeña mordaza de fieltro, que puede ser fácilmente regulada, de modo que entre directamente en la boca del hombre. Tiene la finalidad de impedir que grite o se muerda la lengua. Naturalmente, el hombre no puede alejar la boca del fieltro, porque si no la correa del cuello le quebraría las vértebras. (…) El aparato era una construcción elevada. La Cama y el Diseñador tenían igual tamaño, y parecían dos cajones de madera. El Diseñador se elevaba unos dos metros sobre la Cama; los dos estaban unidos entre sí, en los ángulos por cuatro barras de bronce, que casi resplandecían al sol. Entre los cajones, oscilaba sobre una cinta de acero la Rastra. (…) Tanto la Cama como el Diseñador tienen baterías eléctricas propias: la Cama la requiere para sí, el diseñador para la Rastra. En cuanto el hombre está bien asegurado con las correas, la Cama es puesta en movimiento. Oscila con vibraciones diminutas y muy rápidas, tanto lateralmente como verticalmente. En nuestra Cama, todos los movimientos están exactamente calculados; en efecto, deben estar minuciosamente sincronizados con los movimientos de la Rastra. Sin embargo, la verdadera ejecución de la sentencia corresponde a la Rastra”
La extraordinaria descripción kafkiana de la máquina ejecutora pertenece a la literatura de denuncia de la crueldad. Franz Kafka nos abre la pregunta de la finalidad del sentido universal del dolor en la Colonia Penitenciaria. ¿Cuál es el sentido del dolor? ¿Depende de él, el sentido total de la existencia? Preguntas actuales que se abren a la permanencia de la racionalidad moral.

sábado, 22 de mayo de 2010

Kafka: El gran Teatro integral de Oklahoma.

Hay un rasgo de escepticismo en Kafka, consciente o inconsciente, proveniente de las contradicciones conexionadas a época de extremado rigor represivo, en las instituciones políticas y religiosas. Del absoluto del poder sobre el individuo.
Franz Kafka establece la solución laboral imaginaria, de su personaje Karl, pensando en los estancamientos económicos de1873 a 1890, de 1894 a 1914.
Franz Kafka, en su novela América, establece irónicamente la premisa de una categoría económica ilógica: la de una demanda infinita empresarial de trabajo. Todo el que busca trabajo lo encuentra en el gran teatro integral de Oklahoma. Cuando Franz Kafka detiene la continuidad de su novela América, en el capítulo VIII, su personaje Karl Rossmann está abandonado a la mendicidad. Después de las desventuras convivenciales con Robinsón, Delamarde y Brunelda.Todos ellos estaban en los círculos de la necesidad, y la escasez, de los abandonados, repetidos y enmascarados en la picaresca. En los acontecimientos a las deformaciones psíquicas del suicidio y el desengaño del asilo. Estos hechos acorralaban a Karl hasta su expulsión laboral del hotel Occidental y la convivencia con los pícaros. Las tortuosas relaciones de amistad de Karl con los picaros, síntomas existenciales del individuo atrapado a una historia real de poseedores y desposeídos, en los imaginarios de la felicidad y las caídas en en los arcaísmos de la fortuna, desvaríos de la enfermedad mental. Karl se inicia en la experiencia de un mercado de trabajo saturado y un deambular por la oferta y demanda de trabajo, entre masas de trabajadores sin empleo.
Entonces Franz Kafka abre la imaginaria solución para Karl: la demanda infinita del mercado irreal de trabajo.
Franz Kafka lleva a Karl Rossmann al hallazgo de lo extraordinario, introduciendo en la narración de la novela lo insólito de las relaciones sociales de producción
“Al doblar una esquina Karl se tropezó con la siguiente inscripción: ¡En el hipódromo de de Clayton hoy se contratará, desde las seis de la mañana hasta la medianoche, el personal para el teatro de Oklahoma! ¡El gran teatro de Oklahoma os llama! ¡ Y llama sólo hoy, sólo una vez! ¡El que pierda ahora la ocasión, la perderá para siempre! ¡El que piense en su porvenir es de los nuestros! ¡Todos serán bienvenidos! ¡Este es el Teatro que está en condiciones de dar empleo a cualquiera! ¡Todos tendrán su puesto! ¡Felicitamos de antemano a todo el que se decida! ¡Pero apresuraos a fin de que seáis atendidos antes de medianoche! ¡A las doce cerramos todo y ya no volveremos abrir! ¡Maldito sea quien no nos crea! ¡Adelante Clayton! El Teatro de Oklahoma contratará a todo el que se decida. Entrega el porvenir a los que carecen de él, pero llama sólo una vez. No hay posibilidad de dudar. La duda separa al individuo del empleo. ¡Maldito sea quien no nos crea! Había mucha gente mirando aquel cartel, pero no provocaba demasiado interés. ¡Había tantos carteles; ya nadie creía lo que leía en los carteles. (…) En principio tenía un grave defecto: no decía ni una sola palabra acerca de la paga. Por poco importante que hubiera sido, el cartel debió mencionarla sin duda; no habría dejado de ser el elemento más tentador. Nadie quería ser artista y, en cambio, todo el mundo quería que le pagarán por su trabajo.”
La demanda infinita de trabajo sin salario: los trabajadores viviendo del aire.
Franz Kafka introduce la realidad en la forma existencial de seres olvidados de sí mismos. “Sin embargo, el cartel significaba una gran tentación. Todos serán bienvenidos, decía. Todos de manera que él también. No sería recordado todo lo que hasta aquel momento, nadie le reprocharía ahora lo que había hecho, nadie se lo reprocharía! Allí podría él presentarse y pedir un trabajo que no era ninguna vergüenza, sino al contrario, uno era invitado públicamente a tomarlo! ¡Allí estaba la promesa de que también a él se le ampararía.” La promesa de que todo hombre será amparado contra el mal es una promesa ideológica de la presencia en la historia de las soluciones imaginarias.
Cuando bajó en la estación de Clayton, escuchó el sonido de muchas trompetas. Era un sonido confuso, las trompetas no estaban afinadas, una con otra, y las tocaban precipitadamente. (…) ¡Y no entendía cómo podía hacer tales inversiones una empresa con el solo fin de contratar el personal!
Delante de la entrada del hipódromo se había levantado una tarima, larga y baja, sobre la cual centenares de mujeres- vestidas de ángeles, con ropas blancas y grandes alas a la espalda tocaban largas y brillantes trompetas doradas. (…) Las figuras de las mujeres parecían gigantescas y sólo sus menudas cabezas disminuían un tanto aquella sensación de grandeza.” En la descripción de estas mujeres- reclamo, Franz Kafka utiliza una ironía degradante para comunicar al lector lo inverosímil de la representación coral. (…)”!Pero exclamó Karl, ¿el teatro de Oklahoma tiene ingresos tan grandes como para solventar tales secciones de propaganda!” Franz Kafka se pregunta sobre la cantidad de ingresos monetarios que sirvan para cubrir los costes de propaganda. La pregunta de Kafka es un guiño al lector para que se percate del juego de literatura e imaginación. Desde la novelística cervantina, el autor incita al lector a leer el texto bajo la sospecha de la realidad que hay detrás de lo imaginario. Es la literatura de la sospecha.
“Karl se entregó a su contratación laboral con la ingenuidad de quien quiere hacerse de un trabajo respetable en el encuentro de la fortuna. Estaba feliz; era verdad que si aceptaba el ofrecimiento se le trasladaba del gremio de los actores y se le ponía entre los obreros técnicos, pero creía que se desenvolvería mejor en este tipo de trabajo. Por lo demás, y se repetía esto continuamente, en su trabajo, en su caso no se trataba tanto del tipo de trabajo que le dieran sino en general en alguna parte permanentemente. (…)Ya que se hizo necesario correr de prisa hacia la estación. Pero esto tampoco fue difícil, pues Karl lo advirtió sólo recién. Nadie llevaba pieza alguna de equipaje; el único equipaje era en realidad, el cochecito de niño de la mujer, que a la cabeza de la compañía y conducido por el padre, daba saltos como un barco sin timón. ¡Qué clase de gente desposeída, sospechosa, se había reunido allí; y se la recibía y atendida sin embargo tan magníficamente.(…) Cuando llegaron a la estación ya estaba el tren dispuesto. ( …) El viaje duró tres días y dos noches. (…) El primer día cruzaron amplias montañas. Moles de piedra de un negro azulado, se acercaban en cuñas hasta el mismo tren; se asomaba uno por la ventanilla y buscaba inútilmente las cumbres, allí se abrían valles oscuros, angostos, desgarrado, y uno indicaba con el dedo la dirección en que se perdían; allí venían anchos ríos corrientosos que deprisa se precipitaban en forma de grandes olas, sobre el quebrado cauce y, arrastrando en su seno mil olitas espumosa, se volcaba bajo los puentes que el tren se cruzaba, tan cerca, que el rostro se estremecía al hálito tibio de su frescura “
Franz Kafka, al igual que los místicos, propone en su poesía una conciliación de los seres humanos con una historia que se abra sobre la dignidad y santidad del hombre. Es difícil no evocar la mística de Franz Kafka ante estos dos versos suyos:
“Se volcaba bajo los puentes que el tren se cruzaba, tan cerca, / que el rostro se estremecía al hálito tibio de su frescura.” Una bella estrofa dística para los desposeídos de la tierra.
Franz Kafka conocía las teorías de Charles Fourier que abogaban por el cooperativismo social. Charles Fourier expuso un sistema social utópico basado en los falansterios, a partir de los cuales la comunidad se organizaría de modo cooperativo para distanciarse del inhumanismo capitalista. Pero al conocimiento místico y utópico hay que empujarlos, en la experiencia del plano inclinado de la memoria de la historia.
El empresario estadounidense P.T. Barnum creó "El mayor espectáculo del mundo" en 1871. Diez años después fundó, con James Anthony Bailey, el primer circo. Hay un cuadro pintado por Robert Lindneux, “La caravana de las lágrimas”, que refleja la emigración forzada de los indios norteamericanos, entre 1831 y 1835, desde el este de Estados Unidos al Territorio Indio, a Oklahoma. Entre las tribus que hicieron el viaje a pie estaban los cherokee, los creek, los choctaw y los chickasaw. En este movimiento migratorio los más débiles murieron, durante este largo y duro viaje. Oklahoma en sus orígenes estaba habitada por distintos pueblos indios como los cherokee, chickasaw, choctaw, creek y seminolas. En 1889 la zona fue abierta y tuvo lugar una famosa carrera para la ocupación de las tierras. El gran teatro integral de Oklahoma. Tal vez Franz Kafka conocía estas historias y las llevó a la experiencia de Karl, junto a su desaparición en el Teatro de Oklahoma.

lunes, 10 de mayo de 2010

Kafka: El Hotel Occidental.

Cualquier individuo queda inmerso en las condiciones existenciales de su época. Se encuentra invadido por un estilo de eludir y atraer la realidad de su supervivencia material e intelectual. Antes de ser propio es un no ser que repite los imaginarios de otros y los toma como suyos. Se tarda en tomar certeza de que estás siendo manipulado por los actores del dominio social. La ingenuidad consiste en identificarte con las máscaras que simulan gestos ajenos. Las experiencias de Karl Rossmann se presentan inusuales como cortaduras en la urgencia del presente. No distingue la monotonía de la represión que se ejerce sobre él. La continuidad de los hábitos implica sujetarse a una realidad manipulada, en un escenario existencial que determinan los antagonismos de las fuerzas sociales reales. Pero Karl está en el embudo de lo inesperado, que toma como suyo propio. Su vida se actualiza conformando eficacias emocionales, que lo mantenga a la espera de que se resuelvan las contradicciones reales por sí mismas.
Lo vivido del individuo se ajusta a las experiencias que no ha controlado. Establece compromisos con los Otros para no acentuar la angustia de su inseguridad. El pacto de su miedo es una correspondencia biunívoca de su inseguridad y la realidad manipulada.
Karl lee el texto de su existencia en una inmediatez que le impide comprenderlo. La opacidad del presente lo deja en la intuición de lo incierto. Cuando Karl Rossmann se obliga a cumplir los mandatos de sus pícaros amigos, quisiera establecer afinidad entre ellos y él mismo. Le llega la extrañeza de no ser como ellos, pero los acepta intimidado por la soledad de su situación personal. Las extrañezas por las situaciones, de la voluntad ajena de dominio, le llevarán al hallazgo de las relaciones de autoridad del Hotel Occidental y sus efectos negativos, en las posibilidades de establecer su vida dentro de los que mantienen las jerarquías reales y las imaginarias.
Karl Rossmann descubre el Hotel Occidental: “El hotel tenía ahora iluminados sus cinco pisos y alumbraba la carretera que pasaba delante. Afuera los automóviles seguían marchando, entregarse a la iluminación que interrumpía su continuidad. Venían desde lejos creciendo mucho más rápidamente que durante el día; tanteaban el suelo de la carretera con los blancos rayos de los faros. Con luces empalidecidas atravesaban el área luminosa del hotel y se internaban con rapidez en la oscuridad más distante con nuevos destellos”.
La iluminación estática del Hotel y la dinámica de la luz de los faros de los vehículos relacionan lo permanente con lo perecedero. En la existencia individual y colectiva se va abriendo lo perecedero en la opacidad del vitalismo. Karl Rossmann percibe la luz del hotel, y a la vez los faros de los automóviles, en una temporalidad que se entrevera de luz y de oscuridad. El claroscuro de la pintura barroca muestra la tensión de una sociedad reprimida en la pobreza y el Poder del Estado, mientras extrae de las sombras la espera de una renovación de la fe religiosa. La luz esconde detrás de ella la ceguedad. Karl, al que se le ha prometido un empleo, se ve en la luz del Hotel. Su aceptación de la sociedad se vuelve transparente. La luz del Hotel cubre exaltativa el entusiasmo de Karl. Su entusiasmo sobrelleva las dudas de su inseguridad. El Hotel Occidental era el final de la inestabilidad del emigrante.
Después de contemplar la luminosidad del Hotel, nos dice Franz Kafka: “Halló a sus compañeros profundamente dormidos, lo cierto era que había tardado demasiado. Justamente pensaba extender, entre unos papeles que había encontrado en la canasta, dándole así un aspecto apetitoso a lo que había traído, y despertar así a sus compañeros recién cuando todo estuviera listo.” La delicadeza del adolescente Karl a sus compañeros rufianes es extremadamente atenta. (…) “Cuando vio aterrado que su baúl, que había dejado cerrado y cuya llave llevaba en el bolsillo, estaba completamente abierto y la mitad de su contenido tirado en derredor sobre el pasto”.
En su desolación, Karl habría de padecer una de las sensaciones más intensas sobre la relación de los objetos perdidos y la memoria.
Añade Kafka:”De pronto se incorporó. Faltaba la fotografía. Estaba encima de las demás cosas del baúl, pero ya no aparecía por ninguna parte. Sólo faltaba la fotografía.
-No puedo hallar la fotografía- dijo con tono de súplica dirigiéndose a Delamarche.
-¿Qué fotografía- preguntó éste.
- La fotografía de mis padres- respondió Karl.
-No vimos ninguna fotografía- dijo Delamarche. (…)
Era más importante para mí que todo lo demás que hay en el baúl-dijo Karl que iba dirigiéndose al camarero, que iba de un lado a otro, revisando la hierba- porque es irremplazable ya no me enviarán otra.
Y al abandonar el camarero su inútil búsqueda añadió:
-Era el único retrato que poseía de mis padres. (…)
Nada queda por hacer- dijo el camarero. (…)
¡Todavía estoy aquí!
Pero no le respondió sonido alguno: sólo una vez cayó rodando una piedra cuesta abajo, quizá por causalidad, quizá por consecuencia de un tiro fallido.”
Esta es una de la escena más intensas de la relación memoria e historia, que relata Franz Kafka sobre lo perdido de la vida en la memoria. Los objetos perdidos nos alejan del tiempo pretérito, nos acercan a la desnudez del dato incierto del recuerdo. La existencia del ser se detiene en la desmemoria. Franz Kafka advierte de que no hay historia sin memoria. A partir de este instante, Karl se enfrenta a la desnudez total de los prisioneros que desnudaban en los campos de exterminio para que dejaran de tener identidad y exterminarlos.
La pérdida de la fotografía de sus padres supone a Karl entrar en la edad de la sumisión irracional, de saberse fuera de la memoria de los Otros. El anonimato intencional y universal de lo inhumano que penetra en la noche oscura del castigo y la huida.
La cocinera mayor le dijo: “-Bueno, dígame, pues, ¿no querría aceptar un trabajo, aquí, en el hotel?. (…) No le gustaría ser ascensorista, por ejemplo. Solo tiene que decir sí y lo es.” (…)
“- ¿Cómo se llama la ciudad?- preguntó Karl.
-No lo sabe?- respondió- Ramses.”
¿Cuándo se monta históricamente una máquina paranoica, por una organización psicosocial, que establece las condiciones del perseguidor y del perseguido? La máquina paroica quiere cambiar la realidad conforme a sus delirios. Todas las piezas de la máquina paranoica están constituidas por sensores, que marcan intensidades de adhesiones y repulsiones.
Franz Kafka era un escritor perspicaz en el hallazgo y descripción del las máquinas paranoicas psicosociales en su literatura. La máquina literaria motriz realiza el montaje de las máquinas paranoicas de los personajes novelados. Las máquinas paranoicas son productivas cuando los procesos dan rendimientos crecientes de lo individual familiar a lo estructural social jerarquizado. La locura individual se articula con las formaciones paranoicas históricas. Las piezas políticas, ideológicas y económicas se articulan a los órganos institucionales, entonces las regresiones, de los deseos paranoicos, vienen transformadas en objetos productores de terror.
Las máquinas paranoicas de poder se enganchan a máquinas excretoras improductivas. Franz Kafka describe sus máquinas paranoicas clásicas: en la Condena, el Castillo, la Metamorfosis, el Proceso (…) Los personajes soportan las agresiones de las máquinas paranoicas dejándose macar con los signos de sumisión y crueldad del delirio.
Cuando Karl Rossmann comienza su trabajo en el Hotel Occidental ajusta a su cuerpo una máquina paranoica. Su uniforme de ascensorista lo convierte en elemento humano de la máquina ascensor.
Dice Kafka: “En la sastrería del hotel le proporcionaron el uniforme de ascensorista, ornado con gran derroche de botones y cordones dorados, y sin embargo se estremeció un poco cuando se lo puso, pues la chaqueta, especialmente las axilas, era fría, rígida y húmeda al mismo tiempo por el sudor de los ascensoristas que la habían usado. Además el uniforme debió ser agrandado especialmente para Karl.(…) Karl dejó el salón del sastre ya convertido en ascensorista, con pantalones estrechos y una chaquetilla que, no obstante la afirmación contraria del sastre, le quedaba muy ajustada y lo tentaba continuamente a hacer ejercicios respiratorios, pues tenía deseos de comprobar si eran posibles. Después se presentó el camarero mayor a cuyas órdenes quedaría: un hombre elegante, arrogante, narigón, que tendría ya cuarenta años.” Las maquinas paranoicas de primer grado se enganchan a máquinas paranoicas inferiores para producir flujos ordenativos. La máquina del ascensor se engancha a los ascensoristas y al camarero mayor. “En general era un trabajo monótono a causa de la jornada de trabajo”. Las máquinas de producción paranoicas se detienen y se reinician incesantemente. “Los turnos se relevaban una vez durante el día, y otro por la noche”. El ascensorista es retribuido con las propinas de los clientes. No hay salario. La cortesía del ascensorista hace que el cliente pague su salario con la propina. Karl Rossmann se esfuerza incesantemente para atender a los clientes de los ascensores. Pero las máquinas ascensores funcionan bajo los intereses competitivos de los otros ascensoristas. Los flujos de propinas funcionan en los deseos de los clientes y el servilismo de los ascensoristas. Estos se vigilan y delatan para que la máquina paranoica adquiera sus máximas funciones persecutorias.
En esta lucha de Karl con los compañeros aparece uno de los personajes que introducen su fatalidad. Karl recibió una palmadita en el hombro.
-Buenas noches Sr Rossmann- dijo entonces el hombre-: soy Robinsón.
La máquina perversa de Robinsón se enganchaba a la máquina Karl-ascensorista.(…)
“Pero Karl retrocedió, pues la boca de de Robinsón despedía un inaguantable olor a aguardiente” ¿Qué cosa le queda al hombre en este mundo si no bebe? (…) “
–¿Rossmann no quieres venir a avernos alguna vez? Ahora lo pasamos muy bien- dijo Robinsón mirando a Karl (…)
-Rossmann me siento muy mal. (…)
Por fin de nuevo contó con unos momentos libres para echar una ojeada al lugar donde se hallaba Robinsón y lo vio muy encogido, acurrucado en un rincón y con el rostro contra las rodillas. Tenía muy echado hacia atrás su sombrero redondo y duro. (…)
-Robinson, si quiere que me ocupe de usted, haga un esfuerzo y camine ahora un corto trecho. Yo lo guiaré, ¿sabe?, hasta mi cama, donde podrá quedarse hasta sentirse bien.
La falta de Karl, de abandonar el servicio, le acarreará graves problemas con el ascensorista mayor. La culpabilidad de Karl se presentará como la necesidad de castigar el abandono del puesto de trabajo. La solidaridad de Karl con Robinsón desata la tragedia. La máquina paranoica se pondrá en funcionamiento.
“Cuando Karl entró en la oficina del camarero mayor, éste estaba tomando el desayuno: bebía un sorbo de su café con leche y controlaba luego una lista que, sin duda, le había llevado el portero mayor del hotel, que también estaba allí. Era un hombre grande a quien su amplio uniforme, profusamente adornado,- incluso sobre los hombros y bajando por los brazos le serpenteaban cadenas y cintas doradas-, hacía aparecer más ancho de hombros de lo que era ya por naturaleza. Un bigote negro y brillante estirado en puntas distantes como suelen usarlo los húngaros, no se movía con el más brusco movimiento de la cabeza. Además, el hombre, por el peso de su ropa, apenas podía moverse, con dificultad por lo general, y no estaba de pie sino con las piernas abiertas como estacas, para distribuir exactamente su peso”. Kafka describe una máquina de control jerárquico.
Karl pensó:”El hecho de que su problema pareciera tener tan poca importancia para el camarero mayor podía en verdad considerarse buen signo. Al fin y al cabo era eso lo más natural. Un ascensorista por cierto no tiene ninguna importancia, en absoluto, y por lo tanto, nada puede permitirse, mas por el mismo hecho que no significa nada, no puede generar tampoco un mal extraordinario. (…)” Franz Kafka ironiza sobre la culpabilidad del ascensorista en la organización del Hotel. Pero Kafka sabe que en una estructura autoritaria y jerárquica, la culpa es una manera establecer la sumisión del individuo en función del mecanismo Hotel. Por eso, cuando Karl se considera inocente, el camarero mayor inicia su ataque.” Haga el favor de aguardar aún un instante, Fedor, dejó la lista sobre la mesa, se incorporó de un salto elástico y encaró a Karl, gritándole de tal modo que éste, en el primer momento, asustado, no atinó sino a mirar fijamente dentro de aquel grande y negro orificio bucal.
-Abandonaste tu puesto sin permiso. ¿Sabes lo que significa eso? Pues significa perder el empleo. No quiero conocer tus disculpas; guarda tus mentiras; me basta de sobra el hecho de que no hayas estado. Si una sola vez tolero y disculpo, esto será suficiente para que en el futuro los cuarenta ascensoristas dejen sus puestos durante las horas de servicio y se me verá entonces a mí solo cargar con los cinco mil huéspedes escaleras arriba. (…)
“Karl se dio cuenta de que en realidad había perdido su puesto, ya que el camarero mayor ya lo había declarado y el portero mayor lo había repetido como si fuera un hecho consumado, y tratándose de un vulgar ascensorista seguramente no haría falta la confirmación de su cesantía por la dirección del hotel.” Karl se encontró frente a los que tienen capacidad de contratar y despedir empleados. El trabajador vive cada instante supeditado a la voluntad extraña que tiene poder para despedirlo. Carece de resistencia económica para esperar, por mucho tiempo, otro empleo. Es un ser perdido en la precariedad de la compra de su trabajo por Otro que lo ignora como persona.
“Y recordando todo esto se dijo Karl que él también había sufrido bastante como ascensorista, y que no obstante, todo había sido en vano, pues ahora, como veía, ese servicio de ascensorista no había sido, como esperaba, un eslabón previo para alcanzar un puesto mejor; por el contrario, había sido arrastrado ahora más abajo todavía; hasta había llegado a estar bastante cerca de la cárcel.(…)
Karl llegó pronto al aire libre, pero todavía tuvo que continuar andando a lo largo de la acera del hotel, pues no era posible llegar hasta la calle, ya que una fila de automóviles pasaba como a empellones frente a la puerta principal.”
Karl se quedaba en una calle de la ciudad Ramses, en su viaje a América.

jueves, 29 de abril de 2010

Kafka: El camino a Ramses.

Al igual que hay una trayectoria elíptica en la seducción de Karl Rossmann y su huida para ocultarse por la decisión sexual de una criada y las consecuencias en el núcleo familiar autoritario de la pequeña burguesía, hay otra trayectoria, real e imaginaria, que se sobrepone a la primera en forma de fortuna, para llevar a Karl a un proceso plutocrático con su tío el senador Edward Jacob y hasta su caída final e irracional en el futuro del camino a Ramses.
No hay en el joven Karl ningún saber del orden necesario en las necesidades naturales y su satisfacción mediante el trabajo vendido en el mercado laboral. De las condiciones de compra y venta de la fuerza de trabajo. Ignora las relaciones jurídicas de compra venta de la fuerza de trabajo. La pequeña burguesía de artesanos, mercaderes, agricultores, se ocultan el concepto del trabajo como el intercambio de cantidades del mismo por un salario, que repone las cantidades de energía física consumidas. La pequeña burguesía se somete al capital mediante la sumisión de la ignorancia. Karl Rossmann va de una idealidad de hidalguía a las burlas pícaras de adversarios en el camino de su experiencia, que se percatan de su ingenuidad ante el muro de la realidad. La novela “El Quijote” sirvió para descubrir la historia como un proceso de modificación de la realidad y el retraso con respecto a ella de la idealidad del tiempo pasado. El aprendizaje brutal del sufrimiento al trastocar la idealidad con la realidad.
Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), dramaturgo, poeta y novelista español, autor de la novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, produce el concepto de los retardos ideológicos con respecto a la actualidad de la historia. Hay en la caracterología de los personajes de Franz Kafka una actitud cervantina desmitificadora y crítica de la aventura de la fe y las riqueza metalizadas y mercantilizadas y la pobreza del pícaro marcado por el látigo y los grilletes.
Karl Rossmann experimenta la picaresca cierta y desafortunada del pragmatismo mercantilista, la visión del poder político y económico de su tío, y su expulsión del Paraíso plutocrático sin culpa. La ideología de la culpa oculta su pecado imaginario. La debilidad de carácter de Karl Rossmann proviene del ocultamiento del éxito social en la conducta deshumanizada de los Otros. Sin embargo, su voluntad de persistir en la regularidad de una conducta recta le hace soportar las quebraduras de las intenciones ajenas.
Al final de su expulsión de una clase social de la que participaba aprendiendo inglés, gestión administrativa para futuros negocios, y los ocios en la hípica y el uso del piano, decidió picarescamente, que desconociendo la dirección de la ciudad de New York, bien le vendría entonces una dirección cualquiera a su fortuna.
Llegó a una pequeña posada, miserable y extraña, solicitando la cama más barata. La descripción de la posada recuerda las posadas marginales de los suburbios. “En virtud de su pedido fue despachado por el dueño escaleras arriba, con un ademán, que parecía destinado a un dependiente suyo, y allí arriba lo recibió una mujer desgreñada, fastidiada por aquella interrupción de su sueño, que casi sin oírlo lo llevó, rogándole constantemente que anduviera sin hacer ruido, a un habitación cuya puerta cerró después, no sin haber echado antes su aliento a la cara con un “sstt”
La posada que presenta Franz Kafka tiene reminiscencias de la novelística de Charles Dickens (1812-1870). Pero el novelita inglés, construye la narración desde la crítica social fabiana del desprecio del capitalismo salvaje de inicios del siglo XIX. Franz Kafka sitúa consciente a su personaje ante las variantes del capitalismo competitivo inglés al capitalismo monopolista de los grandes magnates norteamericanos del siglo XIX.
Las posadas suburbanas de los barrios de New York marcan la pobreza artificial e intencional de bajos salarios y altas ganancias de arrendamiento del XX. La época económica de Charles Dickens es predominante en el auge del ferrocarril, la caldera de vapor y la industria textil. La época de Franz Kafka es la del automóvil, y todos sus agregados industriales, militares, y las vías de transporte terrestre de personas y mercancías con automóviles y camiones. El automóvil permitió la construcción de barriadas suburbiales y la industria petrolera.
El capitalismo competitivo del siglo XIX acaba en 1900 ante la aparición de la centralización bancaria y las concentraciones industriales. La producción de bienes reales correlaciona empleo y productividad. Los sectores industriales competitivos del siglo XIX desaparecen por ser producción con alto empleo y baja productividad. Las emigraciones de finales del XIX y XX se integran en un ciclo de desempleo crónico. La alta productividad de las empresas monopolistas industriales disminuyen la ocupación absoluta.Aparecerán divisiones empresariales, que asuman el paro de las empresas de alta productividad.
Esta es la paradójica situación migratoria y el vagabundaje de los personajes kafkiano del camino a Ramses: de la búsqueda mítica de oro en California a la miseria.
Ya Karl Rossmann llega a América, con masas emigratorias que forman ejércitos de reserva industrial y bajos salarios. Franz Kafka detiene intencionalmente a su personaje Karl, en el último capítulo de América, en El Gran Teatro integral de Oklahoma: el futuro imaginario de los continentes vacíos y el reparto de las tierras libre de propiedad, bajo la alternativa de la pequeña propiedad o la propiedad latifundista. Ambas alternativas dan diferentes formaciones de masas sociales de parados y empleados. La gran propiedad da bajo empleo y alta capitalización industrial, el reparto de la pequeña propiedad, alto empleo y baja capitalización industrial. En ambas situaciones bajos salarios.
Para continuar con el relato, Franz Kafka hará que Karl corra la cortina de una claraboya de la pequeña habitación de la pensión.” La habitación tenía dos camas, pero ambas estaban ya ocupadas. Karl vio a dos hombres jóvenes unidos en un pesado sueño y que no parecían ser muy dignos de confianza, en principio porque sin un motivo razonable aparente dormían vestidos: uno de ellos tenía puestos los zapatos.” Franz Kafka une juventud, pobreza, emigración y huida. Y estos rasgos marcaban una emigración de alta dificultad integradora. La carencia de identificación legal y el hondo sueño de los están huyendo de las autoridades policiales.
“No podía exponer a ningún peligro ese baúl que acababa de recobrar ni el dinero que llevaba” (…) Por lo demás, procedía, lógicamente con mucho cuidado, y al andar y al maniobrar con las cosas se esforzaba muchísimo por no despertarlos” Al abrir el baúl:”No faltaba nada en absoluto. En el bolsillo secreto no sólo estaba el pasaporte, sino el dinero que también había traído de su casa.” Karl sabía que su seguridad personal era su dinero. Entre él y la sociedad sólo había intercambio universal de dinero. (…) Karl se enteró de que los huéspedes eran mecánicos, Delamarche y Robinson, que desde hacía mucho tiempo no habían conseguir trabajo en New York, y que en consecuencia, habían llegado a una situación verdaderamente miserable. "Robinsón tenía intención de irse a Butterford, separada de New York por unos días, según se decía había vacantes.” (…)"La mayor parte del tiempo, caminaron en silencio.(…) Empezaron luego las caravanas de vehículos que llevaban víveres a New York: avanzaban de modo tan interrumpido, en cinco filas que ocupaban todo el ancho del camino, que nadie hubiera podido cruzarlo.(…) No había peatones, ni iban hacia la ciudad vendedores de feria, verduleras, como allí en el país de Karl; sin embargo, de vez en cuando surgían grandes automóviles chatos que llevaban una veintena de mujeres de pie con canastas a la espalda, quizá verduleras, que estiraban el cuello para ver bien el tránsito y de esa forma la esperanza de hacer el viaje más rápido.( …) Sobre unos vehículos, que llevaban diferentes leyendas, leyó Karl, no sin que se le escapara un leve grito, ( Se admiten obreros portuarios para la compañía de transportes Jacob.) El vehículo avanzaba muy lentamente y un hombrecito, encorvado, encogido y vivaz. Apostado en la escalerilla de coche, invitó a los tres paseantes a subir. Karl se refugió tras los mecánicos, como si en el vehículo pudiera estar el tío en persona y pudiera verlo. Estaba contento porque también rechazaron la invitación los otros. (…) Delamarché le pidió que le hiciera el favor de que no meterse en cosas que no entendía; que ese modo de contratar a la gente era una estafa infame y que la casa de Jacob tenía muy mala reputación en ese sentido en todo el territorio de Estados Unidos.”
De una manera fulminante, Franz Kafka nos introduce los mercados de trabajos clandestinos. Su información delata la formación de un mercado de trabajo oculto, que presuponía bajos salarios y largas jornadas de trabajo. Las luchas sindicales de los trabajadores de Estados Unidos eran por el control de la oferta y demanda de trabajo por un sindicato obrero. Extraordinaria captación kafkiana de la relación de explotación de trabajadores legalmente indefensos y empresas multinacionales organizadas. Un enfrentamiento del capital y el trabajo absolutamente actual. Las tendencias a la explotación de los trabajadores son de larga duración y coercitivas hasta formar tendencias cronológicas regresivas.
Franz Kafka abre las escenas de las situaciones económicas, despejando la niebla que las cubre. Sabe que el saber no se nos entrega de manera inmediata. El pensamiento ingenuo da a la visión inmediata la evidencia. De ahí sus confusiones ideológicas y pasionales.
Sobre el camino a Ramses, dice Kafka: “La niebla había desaparecido totalmente y en la lejanía figuraba una alta cordillera cuya ondulada cresta atraía la mirada hacia una nube aún más distante, atravesada por los rayos del sol. A la orilla del camino había campos mal labrados, que rodeaban grandes fábricas levantadas en terrenos libres, ennegrecidos por el humo.” Kafka nos indica la formación del valor de los terrenos de construcción industrial, desde la ocupación libre, hasta el valor diferencial económico, que implica terrenos mal labrados, que aumentan al precio creciente de la construcción industrial e inmobiliaria especulativas. Pero además nos deja el testimonio de la relación espacial de las fábricas y las viviendas en donde vivían los trabajadores. Sobre las que se ejercen arrendamientos altos y bajos a los lugares de las fábricas.
“En las grandes casas de la vecindad, aisladas y esparcidas titilaban muchísimas ventanas con muy diversos movimientos e iluminación, y en todos aquellos débiles balconcitos atendían a sus numerosos quehaceres mujeres y niños; mientras a su alrededor, ya descubriéndolos a la vista, ya ocultándolos, flameaban y se hinchaban con el viento matinal trapos y prendas de vestir colgados o tendidos. Si las miradas, deslizándose sobre las casas, se alejaban de ellas se veían volar las alondras en lo alto del cielo; más abajo las golondrinas revoloteaban a escasa altura de las cabezas de quienes iban en los vehículos.” Ciertamente Kafka no describe una barriada industrial y las labores domésticas de las mujeres y niños. El trabajo familiar de la mujer son ingresos no pagados al trabajador. Estas barriadas obreras, que circundaban las industrias, serían el modelo de crecimiento suburbano que arrastraba el automóvil y causaba el efecto multiplicador de la inversión y el empleo en el desarrollo capitalista. Posteriormente, este modelo quedará subdesarrollado en las barriadas de favelas, circundantes a las ciudades, de las emigraciones de los pobres con escasas oportunidades de trabajo estable y altos índices de pobreza extrema.
Luego de algunas peripecias de Karl, con la actitud picaresca de Delamarche y Robinsón, sobre el dinero de Karl, divisaron el letrero de Hotel Occidental.” Y después de recibir Karl el encargo de traer tocino, pan y cerveza se fue hasta el Hotel Occidental”.
Añade Kafka: “Seguramente había una gran ciudad no muy lejos, ya que el primer salón donde entró se encontraba repleto de una ruidosa multitud. Delante de la barra, que se extendía a lo largo de una de las paredes principales y de dos paredes laterales, corrían sin cesar muchos camareros con delantales blancos que les cubrían el pecho, y que no obstante no alcanzaban a satisfacer a los impacientes parroquianos, porque desde muy diferentes lugares, se escuchaban y volvían a escucharse continuar maldiciones y puñetazos en las mesas. Nadie se fijaba en Karl. Entonces Karl vio, unos pasos más adelante, a una señora de cierta edad, quien hablaba riéndose con unos parroquianos. (…) Si dijo Karl, no puedo conseguir nada aquí.” Karl experimenta el aislamiento de individuo y la multitud de competencia.
-Venga entonces conmigo muchacho, dijo ella.
Para Karl, comenzaba su trabajo en el Hotel Occidental. El emigrante encuentra empleo precario en el camino a Ramses.

lunes, 19 de abril de 2010

Kafka: El fogonero.

La paradoja de Franz Kafka es introducir al personaje de Karl Rossmann, de la novela América, en la corriente emigratoria, en las fases de descomposición de las estructuras sociales en Asia y en Europa. Expulsa a su personaje “a vivir” dentro de acontecimientos históricos, que difícilmente comprende. Padece las extrañezas del que nunca alcanza la interpretación exacta, por su debilidad de carácter ante los antagonismos sociales de opresores y oprimidos. Las secuencias capitulares de esta vida novelada transcurren en los vericuetos de la pobreza marginal y las respuestas voluntarias e imperativas del personaje a coacciones violentas. No es un personaje que entrevea una finalidad a las relaciones de poder que lo oprimen. Su huida está enajenada, en cuanto sus experiencias vitales no se sobreponen la simbología imaginaria de escapar de entornos hostiles, que se le aparecen de improviso, sin que haya voluntad de que éstos sucedan. Dentro de una sociedad, en la que ha sido arrojado por un hecho en el que no ha participado con libertad y riesgo, y en la que debe persistir más por voluntad del que se resigna a un entorno hostil. La pregunta esencial es cómo Franz Kafka elige, a un personaje de la estructura psíquica de Karl Rossmann, para unos de los procesos migratorios más trascendentales de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. La vida ordenada de Karl Rossmann fue truncada por la seducción sufrida por una sirvienta de la familia y su huida obligada ante la oposición familiar, a esta vergüenza y a sus consecuencias económicas y legales. La debilidad del carácter de Karl Rossmann lo narra Franz Kafka en el en episodio de la seducción del joven Karl. “Entonces Karl la observaba tímidamente, sólo al pasar, por las rendijas de su puerta un poco entreabierta. A veces corría y saltaba y, con risa de bruja, retrocedía de pronto sobresaltada si Karl le cerraba el paso. A veces cerraba la puerta de la cocina después que Karl entraba y conservaba el picaporte en la mano hasta que él pedía salir. (…) Una vez dijo “Karl”, y lo condujo entre gestos y suspiros, en medio de su asombro por tan imprevisto modo de apostrofarlo, a su cuartito, que cerró con llave. Empujándolo se colgó de su cuello en un brazo, y mientras pedía que la desnudarse, en realidad lo desnudó a él y lo acostó en su cama, como si desde ese momento no deseara dejárselo a nadie y sólo desease acariciarlo y cuidarlo hasta el fin el mundo.(…) Después ella se acostó junto a él; quería conocer sus secretos, pero él no tenía ninguno que confiarle y ella se enojaba, en broma o en serio; lo sacudía, auscultaba el latido de su corazón y entregaba su pecho para una ocultación semejante, pero no consiguió inducir a Karl a que lo hiciera; apretó su vientre desnudo contra el cuerpo del joven y buscó tan asquerosamente con la mano entre sus piernas que Karl agitándose, intentaba sacar la cabeza y el cuello fuera de la almohada; luego empujó el vientre algunas veces contra él, que se sintió invadido por la sensación de que ella era parte de su propio ser, y quizá fue ese el motivo del terrible desamparo que lo embargo en ese momento. Llorando llegó finalmente a su propia cama, luego de haber escuchado los deseos reiterados que ella expresó de que se volvieran a ver”. La ruptura psíquica de la conciencia del mundo en el joven Karl. La conciencia abierta a la verdad de la realidad ocasiona un terrible desamparo. El individuo se encuentra expuesto a la necesidad y a su frustración. Sus lágrimas encierran la despedida de un adolescente tímido y su entrega a la historia de las relaciones sociales alienadas.
En la novela América, 1912-1913, Franz Kafka nos entrega las desventuras del emigrante: Karl Rossmann. Lo paradójico de la novela de Franz Kafka es portar a su personaje por los movimientos emigratorios del siglo XIX y principios del siglo XX. En momentos históricos claves de las corrientes demográficas universales que transforman las condiciones económicas y políticas de las simetrías conservadoras de la sociedad. La transformación de los excedentes económicos agrarios por los cambios cualitativos y cuantitativos de producción y consumo de los modos de producción asiático y medieval. La capitalización de la agricultura se habrá se constituir por la reducción de las masas de campesinos y la aplicación de nuevos métodos de cultivo y el incremento de excedentes económicos destinados a la exportaciones y pagos de las deudas externas por los préstamos del capitales internacionales. Tanto la emancipación de los siervos de la servidumbre y el cambio legal de los gremios de artesanos se habrán de basar en un mercado abierto a la variabilidad de los precios por la competitividad de la ofertad de mercancías y la debilidad de la demanda. La improductividad tecnológica se penaliza con la quiebra mercantil. La ineficiencia del capitalismo primitivo no resistirá la concentración de capital tecnológico y financiado por el sistema financiero. Todas estas causas económicas liberaron millones de hombres de las sujeciones agrarias atávicas y el bajo nivel de las estructuras gremiales. Arrojados por la necesidad de sobrevivir, millones de emigrantes estuvieron contenidos, por el futuro de la fantasía y la violencia, en la búsqueda de los países que les facilitaran sus subsistencias y la liberación de la aristocracia del Medievo. Decenas de millones de europeos, asiáticos y africanos huyeron en busca de trabajo y asentamiento en tierras remotas. Estas migraciones marcaban el final de una época históricas, donde los hombres se unían de por vida al dominio señorial o comunal. La población, producción, el dominio político y el simbolismo ideológico, reproducían una sociedad de propietarios de rentas agrarias capitalizables y una burguesía de ganancias industriales e intereses crecientes. Se modificaba la industria con reducciones de cantidades de trabajo y salarios. Los vinculos de dominantes a dominados se iban volviendo anónimos. Los hombres valían lo que ganaban en dinero. Las experiencias vitales alienadas de las masas se trasladaban al fetichismo del dinero. La extinción de la alienación de la religión y del poder político sagrado produjo relaciones capitalistas, que exigían la aparición de las ganancias industriales a gran escala y la legalidad de los salarios. El fetichismo del dinero marcaba la transformación del hombre en una mercancía que se vendía en un mercado laboral por un salario en dinero, que reponía las condiciones existenciales. El capitalismo tenía que realizar las ganancias del precio de producción en la circulación monetaria y por tanto la lucha por la competencia.
En este mundo alienado por el fetichismo del dinero, Franz Kafka presenta a su personaje Karl Rossmann. “De repente se encuentra ante la estatua de la diosa de la libertad, que desde hacía un rato la observaba, como si ahora estuviera iluminada por un rayo sol mucho más intenso. Su brazo surgió con la espada en un renovado movimiento, y en torno a su figura soplaron los aires libremente”. El sentimiento de Karl Rossmann es el habitual al de los emigrantes que llegan a New York por primera vez. Construyen la metáfora de la libertad. Una visión del futuro sin el vasallaje europeo. En medio de esta esperanza, Karl Rossmann: “Notó con consternación que se había olvidado su propio paraguas abajo, dentro del barco". Buscando su paraguas se encuentra con un fogonero, que se lamenta de sus dificultades laborales, y de sus conflictos de jerarquía con su superior Shubal. Inmediatamente Karl, se identifica con el sufrimiento del fogonero. Luego Karl y el fogonero establecen, con los oficiales del buque y Shubal, un proceso de veracidad o falsedad por las quejas del fogonero. Éste queda derrotado y vejado y Karl no logra sacarlo del atolladero. Es su primer fracaso entre su piedad y el disimulo de los demás. Con Karl Rossmann, Franz Kafka anticipa un montaje de secuencias de hechos novelados, que recuerdan las fotográficas del cine mudo y en particular, por lo imprevisto, de las películas de Buster Keaton. Las situaciones conflictivas aparecen en sucesión incausada, que enlaza un episodio con otro. Kafka sitúa los acontecimientos en los límites de la radicalidad absoluta de la sorpresa. Es una sorpresa de hechos, sin creencia en su veracidad. En medio de la confusión del carbonero y Shubal, los oficiales de marina y los testigos de la parodia, Karl conoce a su tío el senador norteamericano Edward Jabob. El cual ha recibido una carta de la criada seductora comunicándole la llega a New York de Karl. Con elevado altruismo el senador acoge al sobrino. Lo lleva a su mansión y lo instala allí, donde le revela la carta de la sirvienta que lo ha seducido. La lectura de la carta obliga a Karl a recordar la humillación de su seducción. En la Casa del Tío, Karl observa la fragmentación humana en la actividades de una gran ciudad:” Visto desde arriba parecía una confusa mezcla en la que se hubieran derramado esbozos siempre nuevos de figuras humanas y de techos de vehículos de toda especie; y desde allí se levantaba otra capa más de confusa mezcla, nueva, multiplicada, más salvaje, formada de un ruido, tierra y olores, y todo esto recogido y penetrado por una luz poderosa, constantemente dispersa por la cantidad constante de los objetos, llevados lejos por ellos y traída cuidadosamente otra vez, y que para el ojo embelesado cobraba una corporeidad inmensa, como si en cada momento, en infinitas repeticiones, alguien estrellarse con toda sus fuerza, sobre esta calle, un cristal que cubriera todas las cosas.” En esta imagen de Franz Kafka se descubre la revelación mística y la modernidad metropolitana. Esta sensación mística, lo vuelve cauto.”En realidad él debía examinar y contemplarlo todo, sin dejarse apresar por las cosas”. El desasimiento místico de una realidad desordenada y hostil: una clase social divergente que representaba el senador Edward Jacob. La cual va a provocar el desenlace hostil entre tío y sobrino a cuenta de la marcha a una casa de campo en las afueras de New York. Allí Klara, el señor Poullender y el señor Green lo degradan física y mentalmente. La plutocracia del capital comercial lo va a humillar intensamente a través de la carta que le dirige el tío. “Contra mi voluntad decidiste alejarte de mi lado esta noche, y a si es, mantén la decisión durante toda tu vida; sólo entonces habrá sido una decisión varonil. (…) Si el señor Green olvidara darte tu baúl y tu paraguas, recuérdaselo”. La expulsión de la mística unitiva está realizada. Karl Rossmann tendrá que marchar por el camino de Ramses. Es el itinerario de un emigrante en busca de un empleo.

lunes, 5 de abril de 2010

Kafka : El castigo de Amalia (2)

Olga, hermana de Amalia, ambas hijas de la familia Barnabás, le cuenta al Agrimensor K los acontecimientos que sucedieron a ésta con respecto al funcionario del Castillo Sortini. El funcionario Sortini le envía una carta a Amalia y ésta despide despectivamente al mensajero y la rompe. Olga le cuenta al Agrimensor K que, “la carta era de Sortini,” y llevaba sólo por dirección el alias de la muchacha del collar granate. La carta respondía a la sensación de belleza que Amalia causó al funcionario Sortini. Añade Olga: “La carta estaba escrita en los términos más vulgares y obscenos que jamás había oído, y tuve que adivinar el sentido según el conjunto. (…) Todo lo esencial puede ser cierto, pero lo esencial es que Amalia no fue al hotel de los señores. (…) Pero Amalia, al no ir al hotel, hacía que la maldición cayera sobre nuestra familia y los malos modos que sufrió el mensajero resultaban imperdonables.” La maldición implica un castigo divino o sobrenatural que afecta no sólo Amalia exclusivamente, sino a la familia. La estructura familiar expresa vínculos punitivos generales.
“¿Pero de qué fatalidad me hablas?- preguntó K. ¿Y de qué abogados? No podía castigarse, ni con más razón castigarse a Amalia, a causa de la infame conducta de Sortini.
Sí- respondió Olga, se podía. No en un proceso legal, y no se la ha castigado directamente, pero la han castigado, a ella, toda nuestra familia, y empiezas a entender sin duda la gravedad de este castigo. Esto te parece increíblemente injusto, pero eres el único que opina así del pueblo. (…) Pero nosotras sabemos que las mujeres no podemos impedir amar a los funcionarios, pues los aman incluso antes, aunque lo nieguen obstinadamente cuando ellos las miran.” Olga considera autoridad y amor en las acciones activas y pasivas de la predestinación del poder.
Al comparar la situación de reprobación de Amalia y la suya, el Agrimensor K le dice a Olga:” Han jugado conmigo, me han echado de todas partes; aún juegan conmigo, pero ahora es necesario más ceremonia. He ganado de algún modo terreno y eso ya es algo. Tengo, tan ínfimo como sea un puesto, un verdadero oficio; tengo una novia que descarga del trabajo de mi profesión cuando otros asuntos me reclaman; me casaré con ella y me convertiré en miembro de la comuna.” El Agrimensor K no se halla en comportamiento conflictivo imaginario con los funcionarios del Castillo. Aunque su situación personal se vaya degradando en la búsqueda ingenua de su integración en la comuna.
Al contrario del entreguismo del Agrimensor K, Olga se abate por ella y su familia con los correctivos, que aguardan a su familia. La actitud de Amalia, ante la solitud de un funcionario del Castillo, indefectiblemente habrá de acercar efectos persecutorios de pobreza, aislamiento y hostigamiento de la comuna sobre su familia. Por la evidencia de la desgracia de la familia de Olga, Franz Kafka se plantea la racionalidad moral de culpa y expiación.
Al no encontrar la racionalidad, introduce los efectos del poder sobre los dominados. Franz Kafka se pregunta por la medida de equivalencia moral de culpa y castigo, ocultos e irracionales, en los actos de dominantes a dominados. Franz Kafka medita, en una coyuntura concreta de la historia, el concepto de las relaciones de poder. Éste incluye la presencia precaria de integración de las minorías en los conflictos de las sociedades europeas de la última década del siglo XIX a 1914. La novela “el Castillo” desvela también las dificultades sociales de permanencia en el poder de una minoría y sus métodos de superar las contradicciones que provocaban los desequilibrios catastróficos. La Gran Guerra se llevará al basurero de la Historia a los señores del Castillo y a su burocracia.
Franz Kafka debía conocer, como cualquier ciudadano ilustrado de su tiempo, la propaganda xenófoba interna de la superestructura del poder gubernamental, cuya finalidad era sobredeterminar, los conflictos económicos de las clases medias bajas, con la intolerancia religiosa y nacionalista. Las secuelas ideológicas de la intolerancia aparecían en una propaganda panfletaria, que habría de recaer en las minorías del odio de las clases medias bajas en bancarrota y de los intelectuales antiliberales. Las clases medias bajas sufrían las consecuencias de su decadencia desde la crisis económica de 1873, y su continuidad en los ciclos depresivos sucesivos y la desaparición legal de sus prácticas económicas e ideológicas gremiales. La concentración de capital de las nuevas unidades empresariales monopolistas y la superproducción de mercancía, con su tendencia al decrecimiento de los precios, las ganancias, la demanda, y la escasez de dinero crediticio, trasladaban la intolerancia xenófoba a los grupos de clase media baja. Esta clase media baja será la mayor protagonista en la aparición de la intolerancia prefascista ante grupos sociales liberales. Los líderes de la clase media baja nunca enlazaron los ciclos depresivos económicos a la estructura del crecimiento del capital industrial, mercantil y financiero, que conllevaba la desaparición de las empresas familiares gremiales. La inversión de la pobreza de la clase media baja en odio xenófobo constituyó la base de la propaganda revanchista y antiplutocrática de los grupos de extrema derecha. La miseria ideológica de la clase media baja fue exaltada por la propaganda política de extrema derecha, que incitaba al odio al liberalismo, la democracia, el sistema parlamentario, el antisemitismo y el antifrancmasonismo. La organización de grupos que exaltaban el poder de la violencia eran minoritarios, aunque su término fuese la eliminación violenta del enemigo político. Tanto los grupos de violentos de los Camelots del roi de Acción francesa, los violentos de Enrico Corradini, fundador de la Asociación Nacionalista italiana, perseguían la desorganización política de sus oponentes socialdemócratas o liberales. Los que están fuera de la comuna son los réprobos. Los apartados de la convivencia comunal. Los movimientos ideológicos conservadores de finales de siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX establecen la situación del réprobo como alguien que carece de comunidad. Para Charles Maurras, los judíos, los protestantes, los francmasones, eran los protagonistas de la acción diabólica contra la nación francesa. Eran la Anti-Francia. Lo habitual del nacionalismo de derechas era la antítesis de la democracia, pues la libertad e igualdad debían ser sustituidas por la obediencia y la disciplina. La difusión masiva del panfleto de los Protocolos de los sabios de Sión, desde 1905, que pretendía introducir, en las fijaciones de la conciencia política los detalles de una conspiración judía internacional para dominar el mundo. La propaganda preparaba la conducta vengativa. La intoxicación xenófoba formaba la lucha ideológica. Una ideología que incidía, en la crisis socioeconómica de las sociedades europeas, con la prensa y los libros, en difusores intensos de odio a las minorías de baja cobertura legal.
Es intencional, referente al odio y ocultamiento, la pregunta que se hace Franz Kafka a través de su personaje Olga: “¿Qué sabemos nosotros de los pensamientos de los señores?” La pregunta definitiva del hombre sobre un mundo social, que se le aparece dado y oculto. La marginalidad excluyente de las minorías había sido una constante histórica de clase en los sistemas sociales de dominio de clase. Los esclavos, los vasallos, los proletarios forman la base de dominio en el desarrollo de la Historia. Franz Kafka explica en el Castillo las acciones totalitarias de los centros de poder ocultos en el Castillo. Las articulaciones burocráticas que actúan para mantener los equilibrios de la violencia turbia de los que desobedecen y resisten a la opresión irracional. La Voluntad Totalitaria, que rige el movimiento de la historia, perpetúa la crueldad del odio y la ignorancia en las relaciones sociales de progreso.
Olga comunica, al Agrimensor K, la incertidumbre que había originado el rechazo de Amalia a la exigencia sexual del funcionario del Castillo. Amalia no quiere ser materia, un Objeto para Otro. Su actitud concreta, su valor de desobediencia para un Otro, que relaciona supervivencia con degradación. La culpa abstracta de Amalia incluye la finalidad ideológica y utilitaria de la culpabilidad y la expiación. ¿Hay que expiar por una culpa que sólo está en el pensamiento de los señores del Castillo? La pregunta de Franz Kafka pertenecía a la respuesta ante la propaganda xenófoba que se difundía en su época. Franz Kafka describe un Estado totalitario, donde las personas aparecen átomos de masas sociales angustiadas. Por esto dice Olga: “Se dice con razón que todos somos del Castillo”. Franz Kafka sospecha y delata el dominio de la culpa totalitaria que se ignora. La culpabilidad de Amalia permite a Franz Kafka discernir la culpa irracional, la desobediencia y la segregación. La falta que se comete desde la codificación legislativa. La desobediencia a cumplir lo que se ordena. La segregación como separación de un grupo social por razón de sexo, raza, cultura, o ideología. Confiesa Olga al Agrimensor K la segregación que padece su familia desde la desobediencia de Amalia y el aislamiento totalitario familiar: “Era sobretodo, miedos aparte, a causa del lado molesto de este asunto, por lo que se habían separado de nosotros, para no saber nada, para no hablar ni pensar en ello, para no ser alcanzado de una forma o de otra.(…) No éramos nosotros, no era nuestra familia quien estaba en juego, era sólo el asunto, y nosotros en función de que estábamos mezclados en él. Si, pues, olvidando el pasado, hubiéramos hecho el simple gesto de acudir, y demostrar con nuestra actitud que el asunto ya no nos inquietaba, cualquiera que pudiera ser el motivo de nuestra paz, y si el público hubiera adquirido así la convicción de que dicha historia, fuera cual fuese, no volvería a discutirse, todo se había arreglado y habríamos hallado en todas partes la solitud de antaño. (…) Pero en lugar de hacer esto, nos quedábamos en casa. No sé qué esperábamos, probablemente la decisión de Amalia. Había tomado el timón de la casa la mañana que recibió la carta y aún lo conservaba. Sin estallidos, sin órdenes, sin súplicas, únicamente con silencio. Nosotros, naturalmente, discutíamos mucho, de la mañana a la noche, todo era un cuchicheo continuo. (…) Barnabás, que entendía muy pocas cosas, no cesaba de reclamar enloquecido, explicaciones, siempre las mismas. Él sabía bien que los años descuidados que esperaban a los demás niños de su edad no existirían nunca para él. (…) Amalia no sólo debía llevar la pena, sino que comprendía el motivo. Nosotros sólo veíamos las consecuencias: ella vio las causas, el fondo. Confiábamos en no sé qué pequeños medios, pero ella sabía que todo estaba decidido. (…) Empezamos, no obstante, a sentir la pobreza. Los ahorros de nuestros padres se acabaron, nuestras fuentes se agotaron, y fue justamente en aquella época cuando los desprecios empezaron a manifestarse. Se dieron cuenta de que no teníamos fuerza suficiente para deshacernos de la historia de la carta y eso ya no se toleró (…), pero sentían la necesidad de cortar todo vínculo de unión con nuestra familia. (…) No se habló más de nosotros como de seres humanos, no se pronunció más nuestro apellido, se nos denominaba Barnabás, nombre del más inocente de todos, hasta nuestra casucha adquirió mala fama. (…) Todo lo que nosotros éramos, todo lo que teníamos, caía bajo un mismo desprecio”. Franz Kafka nos dejó en el castigo de Amalia uno de los textos históricos más brillantes de su narrativa sobre la culpa irracional y la segregación.